lunes 23 de noviembre de 2009

Al Prado con Maíno

Y hoy… VOLVEMOS AL PRADO!!!!
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¡Pero niña! Si aún no sabes de lo que voy hablar…
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Es que no se puede con esta juventud, no les has dicho aún nada y ya están disgustados. Por lo menos, antes de gritar, berrear y salir huyendo por patas, esperad a que cuante de que va lo de hoy, que no, que por difícil que parezca, no va a ser una visita al Prado larga, larga y coñazo a las que ya he arrastrado al personal antes por aquí, esta vez no, esta vez nos vamos de exposición.
.¡Eso está mejor! Tú sí que entiendes. Luego te doy un plátano.
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Pero antes hay que estar antentos...
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Bueno, pues eso, hoy, exposición. Y sí, OTRA VEZ, que sé lo que estáis pensando, y me da igual, además, de aquí a que acabe el año voy a ir a unos cuantas bastantes exposiciones, que estamos en temporada alta cultural en Madrid y yo, como me aburro mucho y no tengo dinero para bares y discotecas, pues voy a museos, que son gratis y te culturizas, que una es muy inculta e ignoranta, y así además luego puedo torturaros por aquí, jajaja. Así es que nada, resignaros!!!. Y ahora, con todos ustedes…
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Maíno
.Biennnnnnnnnnnn!!!!!!!
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¡Gracias, Hilaria!, que conste que yo también te habaría apoyado, juas, juas, juas. Bueno, al tema: En el Museo del Prado puede verse estos días y hasta enero una exposición interesantísima sobre Maíno.
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¿Quiénnnnnnnnnnnnnnnn?
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Sí bueno, también es verdad, que a este pobre no lo conoce hoy ni su madre, pero para eso se han montado la exposición ésta, para dar revelar al público al que el Prado ha considerado “uno de los grandes maestros de nuestro Siglo de Oro”, injustamente desconocido, de ahí que la exposición haya sido titulada como “Maíno, un maestro por descubrir”, y lo cierto es que eso es precisamente lo que le ha tocado a este pintor, ser redescubierto por medio de investigaciones exhaustivas por parte de los historiadores y profesionales del arte: hasta hace unos años se no se sabían ni la fecha ni el lugar exactos de su nacimiento, aparte de que este señor tenía la manía de no firmar casi ninguna de sus obras, lo que ha vuelto locos los expertos a la hora de establecer la autoría de muchas de ellas, atribuidas a otros durante siglos.
.Mira, Ana Rosa!! parecido a lo tuyo: un caso de autoría dudosa
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Juan Bautista Maíno nació en 1581 en un pueblo de Guadalajara llamado Pastrana, un poco por casualidad, la verdad, pues su padre, llamado igual que él, era un comerciante de la ciudad de Milán y la familia se encontraba allí de paso. Su madre, Ana de Figueredo, tampoco era española, sino portuguesa, de Lisboa, y de hecho, en Italia aún siguen discutiendo que el pintor naciera en España y le adjudican un origen italiano. De cualquier manera, no hay que olvidar que en esta época tanto el Reino de Portugal como el ducado de Milán (el Milanesado, lo llamaban) pertenecían a los reyes de la dinastía de los Austrias españoles, por lo que era completamente habitual la presencia de ciudadanos de estos territorios en la corte madrileña y su entorno, epicentro de la monarquía hispánica y todos sus dominios de Europa y América.
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Felipe II, el monarca europo más poderoso de su tiempo. Tras la muerte en 1578 de su sobrino, el rey de Portugal Sebastián el Joven, hizo valer sus derchos sucesorios sobre el trono del país vecino, del que tomó posesión finalmente en 1581.
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La actividad comercial del padre llevó a Maíno en su infancia a conocer los diversos lugares por los que se movía el comerciante, desde los puertos más boyantes del Mediterráneo, hasta las lejanas costas de África, viajes que sin duda hubieron de dejar una honda huella en el muchacho, manifestada en el exotismo que destilan algunas de sus obras y en la pericia que muestra a la hora de pintar personajes de raza negra, revelando un perfecto conocimiento del tipo físico de las gentes del África profunda.
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Catel publicitario de la exposición con el que han empapelado todo Madrid y para el que se ha escogido un detalle de "La adoración de los Magos", de Maíno. Queda pantente la maestría del pintor y su percia a la hora de captar la fisonomía y el físico característicos de los habitantes del África negra, con quienes el artista estuvo en contacto durante los viajes que en su infancia realizó acompañando a su familia en los negocios del padre.
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Más asentada posteriormente ya la familia, pasó su adolescencia en Madrid, donde con toda seguridad inició su formación artística, viajando finalmente en los últimos años del s. XVI a Italia, foco cultural de la Europa del momento y lugar en el que debía haber pasado al menos una temporada todo artista que se preciase. Sobre esta estancia de Maíno en Italia lo que conocemos es poco e inseguro, casi todo hipótesis imposibles de confirmar y apoyadas, básicamente, en las obras de éste período que han podido identificarse como salidas de la mano de nuestro pintor. Por sus vinculaciones familiares es seguro que hubo de recalar en Milán, donde entraría en contacto con la escuela pictórica imperante en la zona y que tenía su foco en la ciudad de Brescia, aunque ya hacia 1600 se traslada a Roma, auténtico núcleo de la cultura y el arte de la Europa de entonces, donde permanecerá hasta, al menos, 1610, y donde tendrá oportunidad de conocer la revolución pictórica protagonizada por Caravaggio y las nuevas tendencias impulsadas por Anibale Caracci.
."San Juan Bautista" de Maíno: El gusto obsesivo por el detalle naturalista de Caravaggio será una influencia permanente en la obra de Maíno, especialemente en lo referente a la representación del paísaje, que en sus obras tempranas presenta ya las características propias de lo que se configurará como el paísaje barroco: espacios idealizados con profusión de elementos acuáticos como ríos o lagunas, salpicados de una vegetación exuberante y umbrosa y con notas de arquitectura de gran pintoresquismo.
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La influencia del gigantesco Caravaggio en Maíno es clara y constituye uno de los ejes en torno a los cuales gira la exposición, que se abre precisamente con un cuadro del maestro Italiano. El dominio del claroscuro, los fuertes contrastes lumínicos y cromáticos como elemento estructurador de las composiciones y la intensidad del detalle naturalista con que Caravaggio puso patas arriba la tradición pictórica Italiana y el Manierismo entonces imperante, aparecen perfectamente asimilados por Maíno ya en sus trabajos más tempranos. La identificación que nuestro pintor hizo de estas nuevas tendencias como propias llega a tal extremo que alguna de sus obras llegó a ser erróneamente atribuida a Caravaggio.
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El "San Juan Bautista" de Maíno, del Kunstmuseum de Basilea, y el "David con cabeza de Goliat", de Caravaggio, del Prado. Al contemplar ambas obras juntas en la exposición no es difícil entender el error en la atribución al gran Caravaggio de este "San Juan Bautista", salido realmente de los pinceles del no menos genial Maíno.
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Los Carracci, máximos representantes de la conocida como Escuela Boloñesa (por ser originaria de la ciudad italiana de Bolonia, como los spaghetti, jajaja), tuvieron también un gran protagonismo en la configuración artística de lo que será el barroco italiano, practicando en su pintura una revisión de los estilos clásicos, ya anticuados. Para los Carracci, que influirán en Maíno de forma decisiva, primaba una preocupación casi científica por la plasmación de la realidad y una pintura en la que es primordial un dibujo seguro, apoyado en la observación de modelos del natural.
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"Magdalena penitente" de Maíno: La profusión en el estudio del natural para la representación del paísaje es una de las mayores influencias que acusa Maíno de los hermanos Carracci y otros modelos lombardos, hasta el punto de que, al igual que los maestros del norte de Italia, llega a aproximarse en la representación del paísaje a cotas de detalle más propias de la pintura flamenca que de los modelos de los países mediterráneos.
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Todo esto lo encontramos perfectamente conjugado en nuestro pintor, cuya técnica pictórica va a caracterizarse por la asimilación de los modelos de todos estos maestros italianos: un dibujo vigoroso y descriptivo, una impresionante monumentalidad escultórica en las figuras masculinas (heredera directa de la tradición romana de Miguel Ángel), así como una acusada idealización de los personajes femeninos y un colorido vivo e intenso en las composiciones, estructuradas muchas veces por una iluminación contrastada y muy intensa de los diferentes espacios, lo que le permite atraer la atención del espectador sobre lo que considera principal en el cuadro, y dejar en segundo plano lo que no le parece tan importante o le interesa menos.
."María Magdalena": Mientras las figuras masculinas de Maíno se caracterizan por su realismo y grandes proporciones, acentuados por un exahustivo estudio anatómico y una voluminosa musculatura, las femeninas remiten siempre a modelos de gran belleza claramente idealizada y que se han relacionado con la pintura de su contemporaneo y amigo, el pintor Orazio Gentileschi.
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En 1612 Maíno recibió el que sería el más importante encargo de su vida: las pinturas del retablo de la iglesia del convento de San Pedro mártir de Toledo. Un inmenso programa iconográfico de cuadros de tamaños y formatos diferentes en torno a las cuatro Pascuas de Cristo y los santos venerados por los dominicos que habitaban el convento. Un total de más de diez lienzos que representaban a “María Magdalena penitente”, “San Juan Evangelista en Patmos”, “Santa Catalina de Siena”, “La Adoración de los pastores” o “La Adoración de los magos”, entre otros. Los dos últimos, situados originalmente en el centro del retablo junto con “La Resurrección” y “Pentecostés”, son auténticas obras maestras de la pintura española del XVII y, sin duda, la cumbre de la producción de Maíno y lo mejor de la exposición: la exuberancia del detalle, el manejo del claroscuro, la expresividad de unos rostros que parecen querer salirse de los cuadros, el tratamiento de las telas y diferentes texturas de los vestidos nos revelan a un maestro consumado que domina perfectamente la tarea del pintor y maneja de forma prodigiosa todos los recursos a su alcance. Se trata de dos cuadros que atrapan al visitante con el magnetismo hipnótico que sólo desprenden las grandes obras, solamente por el hecho de poder admirarlos merece la pena acercarse a la exposición.
."La adroración de los pastores" del convento de San Pedro mártir, una de las joyas de la exposición. Sin duda el mejor de cuantos lienzos pintó Maíno con el mismo tema. Está lleno de detalles y notas realistas que dotan a la composición de una sensación de vida y movimiento increíblés: la marcada y bien estudiada musculatura del pastor del primer plano (que el autor repite en otras de sus obras), las plumas de las alas de los ángeles de la parte superior, la suciedad de la planta del pie del chico que toca la dulzaina, el vaho que sale de las fosas nasales del buey...
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La realización del las pinturas para el retablo de San Pedro mártir ocupó a Juan Bautista Maíno hasta 1614, dos años, que a mí, sinceramente, me parece un tiempo record para la calidad del trabajo que realizó, pero en la exposición te dicen que se demoró conforme a lo previamente establecido en el contrato, retraso justificado por el hecho de que, mientras pintaba en la iglesia y los monjes cantaban, pues debió de gustarle el ambiente porque al tío le dio por hacerse monje también y decidió ingresar en el convento éste como dominico, hecho por el cual a partir de ese momento la actividad artística del pintor se vio notablemente reducida, lo que explica que su producción apenas alcance las cuarenta obras, treinta y cinco de las cuales están presentes en la exposición. De cualquier manera, no fue mucho el tiempo que permaneció en el convento toledano, pues en torno a 1617 fue llamado a la corte en Madrid para ser profesor de dibujo del entonces príncipe de Asturias y fututo Felipe IV, ahí es na’, con el que acabará entablando una amistad que perdurará hasta su muerte. De hecho, una vez hubo subido al trono, el rey convirtió a Maíno en asesor artístico de la corte, y como tal, en 1627 fue el juez presidente del tribunal que arbitró el concurso de pintores convocado para el puesto de pintor de corte y que ganó un jovencito sevillano llamado Diego Velázquez, al que aconsejó mucho y con el cual también llegará a establecer una estrecha amistad.
.La otra pieza estrella de la muestra es "La adoración de los Magos" pintada también para el retablo de "Las Cuatro Pascuas de Cristo" del toledano convento de San Pedro mártir. La perfección a la hora de reflejar las diferentes texturas de las telas de los personajes así como el manejo del claroscuro para crear un espacio lumínico complejo y que llena la escena de un movimiento casi teatral, revelan a Máino como un consumado maestro que ya en esta época domina todos los secretos de un arte que practica con factura impecable.
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Esta vinculación y posición privilegiada en la corte madrileña hicieron que en 1635 Maíno recibiera el que sería el otro gran encargo de su carrera: “La recuperación de Bahía de Brasil”, cuadro de gran formato para el Salón de Reinos del desaparecido Palacio del Buen Retiro. Este lienzo se integraba en un completísimo programa iconográfico de obras que narraban los diversos éxitos militares del reinado de Felipe IV y entre las que también se encontraba “La rendición de Breda” (“Las lanzas”), de Velázquez, junto con el de Maíno, el cuadro más sobresaliente del conjunto.

La ciudad de Bahía de Brasil (hoy, Salvador de Bahía) fue ocupada por los holandeses de las Provincias Unidas en 1624, siendo expulsados un año más tarde por Fadrique de Toledo y Osorio, capitán general de la Escuadra del Océano, representado en el lienzo ofreciendo una imagen de Felipe IV a los vencidos en la batalla. Maíno realizó una obra de composición enormemente novedosa para el momento y muy alejada de los modelos habitualemente utilizados en los cuadros de temática de guerra o triunfo militar: sitúa el punto de fuga en un horizonte de perspectiva muy elevada en el que se identifica la geografía del lugar, con la bahía surcada por los galeones españoles en un plano más proximo, y la ciudad al fondo. Al mismo tiempo, el cuadro está plagado de referencias simbólicas de hondo significado: la magnanimidad del monarca, encarnada en el perdón a los vencidos, así como la otra cara de la moneda de la victoria en la guerra: las penosas consecuencias que ésta tiene, reflejadas en el herido del primer plano del lienzo, que es atendido mientras lo observa una mujer que sostiene a un niño en brazos, clara alegoría de la Caridad

Ésta de “La recuperación de Bahía de Brasil” es una auténtica rareza en la producción de nuestro pintor, no sólo por el tema bélico que presenta, sino también, y sobre todo, por el hecho de no ser una pintura religiosa, pues a estas alturas cualquiera se habrá dado cuenta ya de que Maíno fue, básicamente, autor de cuadros de temática religiosa, de hecho, en su producción tan sólo encontramos dos obras de carácter profano, ésta encargada por el rey para el Salón de Reinos, y un “Retrato de caballero anónimo”, uno de los únicos cuadros que firmó y en el que demuestra una asimilación perfecta de los tipos del retrato flamenco y su gusto por el detalle minucioso y la captación psicológica del modelo, tan en boga en ese momento en los países del norte de Europa, así como también acusa en este retrato una cierta influencia de los patrones establecidos por El Greco en su taller de Toledo y que Maíno tuvo oportunidad de conocer muy de cerca en su etapa en la antigua capital.

Una de sus únicas obras firmadas, este "Retrato de caballero" no sólo revela que Maíno llegó a ser un retratista consumado, sino también que nuestro pintor había asimilado perfectamente los tipos característicos que una generación atrás practicara El Greco en Toledo, así como las señas propias del retrato flamenco, que, por encima de todo, buscaba la captación psicológica del modelo.
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La exposición se cierra con una obra inacabada y, pese a ello, magistral: el retrato de un hombre de edad avanzada, a lo que parece, un monje. Expresión dura, facciones graves, barba cana de tres días, a duras penas apreciamos una cabeza perfectamente perfilada que parece querer esconderse en la vaporosa capucha blanca del hábito monacal, pero la intensidad con que ese rostro, apenas esbozado, nos clava su mirada azul, sitúa a este retrato a la altura de algunas de las mejores obras del género que atesora el Prado, y eso son palabras mayores. No se sabe quién es el modelo, aunque los expertos apuntan a una hipótesis que no parece descabellada: el propio Juan Bautista Maíno, por lo que estaríamos ante un autorretrato del pintor en sus últimos años, poco antes de su fallecimiento en Madrid en 1649.
.Impresionante retrato que de un monje que desde su anonimato (¿será Maíno?) nos observa con mirada penetrante. El brillo de unos ojos que persiguen al espectador, las arrugas de la sién y la ceja elevada dotan a este rostro de un aire interrogante e inquisitivo que, en cambio, no dejan lugar a dudas sobre la genial maestria de quien los pintó.
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Conclusión: ¡Hay que verla! en serio, al menos es lo que pienso yo. Aparte de ser una exposición discreta, cortita, de tan sólo dos salas en las que apenas llegan a cincuenta los cuadros, por lo que no es en absoluto tan inmensa como la magnífica de Sorolla (y que, sin embargo, asustaba un poco, lo reconozco hasta yo, que me pasé más de cuatro horas allí metido), aparte de todo eso, digo, merece mucho la pena acercarse al Prado y pasar un rato con este Maíno porque la muestra está muy bien montada y documentada, los fondos son sobresalientes, y sobre todo porque se rescata del olvido a una figura interesantísima y de vida apasionante al tiempo que maestro genial de uno de los períodos más destacados del arte español.
Del precio ya no hablo porque en realidad no lo sé, que yo al Prado entro siempre gratis (bueno, casi siempre, que con Sorolla me atracaron), pero seguro que no es cara, y una caña cuesta más, que lo sé yo, jajaja.
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¿No te habrás cansado, verdad?

Ah!! que ya se me olvidaba, lo prometido es deuda, vuestro plátano:
.Debe de ser de Canarias, por las pintitas, digo yo, ¿no?

sábado 21 de noviembre de 2009

Quiero irrrrrrrrrrr!

¡Jo!, yo quiero ir!!!!!!!
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"Come On Home", mi favorita. Cuando la oigo, no puedo no bailarla ni dejar de cantarla, es superior a mí:
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"Although my lover lives in a place that I can't live,
I kinda find I like a life this lonely.
It rips and pierces me in places I can't see.
I love the rip of nerves, the rip that wakes me.
So I'm dissatisfied, I love dissatisfied,
I love to feel there's always more that I need.
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So come on home.
So come on home.
So come home...
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You're where you want to be, I'm where I want to be.
Caught up chasing everything I've ever wanted.
I replace you easily, replace pathetically.
I flirt with any flighty thing that falls my way.
But how I needed you, when I needed you.
Let's not forget we are so strong, so bloody strong.
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Come on home.
So come on home.
So come home...
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Blue light falls upon your perfect skin,
falls, and you draw back again.
Falls, and this is how I fell
And I can not forget this.
And I can not forget this.
Come on home.
So come on home.
But don't forget to leave".
.Sí, ¡yo también quiero dar patadas y pegarme con alguien!, ¡arghhhh!

viernes 20 de noviembre de 2009

Sobre la soledad

No tengo costumbre de quedarme a estudiar en la facultad después de clase, no me gusta mucho. Por lo general yo trabajo con una media de cinco diccionarios (entre otros tochazos), a veces más, y no es plan cargar todo el día con ellos en la mochila. Es cierto que en la biblioteca de la facultad hay diccionarios para parar un tren, pero no me gusta mucho meterme ahí a estudiar, traducir, pasar apuntes o lo que sea que tengo que hacer en cada momento: las sillas son incómodas, la gente entra y sale constantemente, muy de vez en cuando empieza a sonar la alarma porque no han desmagnetizado bien un libro, o más frecuentemente, porque alguien intenta llevárselo a escondidas (sí, hay mucho chorizo en esto de la filología). De cualquier manera, algunos de los días que me quedo por la tarde en Madrid, si, por lo que sea, lo que tengo que hacer no es hasta avanzada la tarde, pues evidentemente sigo después de clase en la facultad y aprovecho el tiempo de entremedias hasta que llegue la hora de lo que haya planeado. Nunca me quedo en la biblioteca de clásicas, la nuestra, saco unos 4 Kg. de diccionarios y me bajo a trabajar a la de biblioteca de inglés y francés. Supongo que éste es el punto en el que tengo que aclarar que en el edificio de mi facultad hay cuatro bibliotecas (casi que una por alumno, porque somos cuatro gatos, jajaja): la que llamamos general, que es la mayor y habitualmente está petada, por lo que nunca voy salvo a sacar libros que solamente están allí. La de filosofía, que no es muy grande pero que siempre está llena porque, por alguna estúpida razón, todo el mundo va a meterse en ella; creo que tiene que ver con que hay unas tías de derecho que acostumbran a ir a allí a estudiar, bueno, a estudiar no, hacen pase de modelos: llevan faldas de ésas que parecen cinturones, botas de tacón hasta las rodillas, de modo que hacen las veces de pantalón y las chicas no pasan frío, y una especie de camisas de pseudo tela, tan fina que da la impresión de que compiten a ver cuál de ellas consigue venir casi sin ropa y parecer que está vestida. Tiene su gracia, la verdad, no voy a negarlo, sobre todo porque se ponen todas en una fila de mesas del fondo, y detrás de ellas, mirándoles las bragas, que por supuesto asoman por encima de la falda (perdón, del cinturón) están todos los tíos de la biblioteca babeando mientras hacen que leen el código penal o intentan resolver problemas de lógica. La tercera biblioteca es la mía, la de clásicas, al fondo del pasillo del departamento de latín. Ya no nos caben los libros y parece ser que del peso de todos los que hay el suelo se está hundiendo en el techo de la biblioteca de filosofía, que está justo debajo, por ello los libros nuevos los llevan a la general, y es una mierda: en cuanto te descuidas el libro que buscas está allí y toca bajar del tercero al primer piso y cruzar al otro extremo del edificio. La última biblioteca es la de lenguas modernas, aunque la conocemos como la de inglés y francés. Está en el sótano de ala de la izquierda, debajo de la general y enfrente del archivo, y ahí es donde me meto cuando me quedo a estudiar: es tranquila, la puerta está lejos de los puestos de estudio y de lectura, casi siempre está vacía, ¡no hay ni dios! y cuando hay gente, son todos de otras carreras, por lo que no corres el riesgo de tener que andar saludando a alguien cada dos por tres o de que te molesten con las preguntas más estúpidas que quepa imaginar (un día un compañero me preguntó si “nacarado” significaba “de terciopelo”!!! creo que nunca me ha costado tanto no reírme de alguien en su cara), y lamento parecer un asocial, pero cuando yo me siento a trabajar y estudiar, me abstraigo, y no me gusta mucho que cada cinco minutos me saquen mi abstracción.
.Shhhhhhhh! Silencio, se estudia
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Hace tres viernes fue un día de ésos en que me quedé por la tarde en la facultad. Nada más salir de clase a las 13:00 h. malcomí en la cafetería un bocadillo de tortilla de patata, no tenía mucho dinero para más, y automáticamente después me metí en la biblioteca de inglés y francés a estudiar y traducir un rato. Después de cuatro horas con Platón acabé un poco hasta los huevos y recogí, devolví los diccionarios y me metí en la sala de informática a tontear un poco por Internet: eché un vistazo a los escasos blogs que leo, publiqué un post rápido en el mío y poco antes de las seis y media salí ya de la facultad camino del centro. Se estaba poniendo el Sol, habían cambiado la hora el sábado anterior, con lo que la noche ya se echaba encima mucho más temprano, pero pese a ser el último viernes del mes de octubre y estar agonizando ya la tarde, no hacía absolutamente nada de frío, como viene pasando a lo largo de este pseudo-otoño que estamos teniendo: había más de 20º y llevaba el abrigo en la mochila. A medida que avanzaba por la Avenida Complutense no podía apartar la vista del cielo que se extendía sobre la Casa de Campo, uno de esos cielos increíbles, velazqueños, mágicos, que de vez en cuando nos regala Madrid: de un rosa crepuscular, hipnótico, surcado por unas nubes teñidas de fucsia por los últimos rayos de un sol que se hundía ya muy rojo en un horizonte muy oscuro. No importa cuantas veces la haya contemplado y vaya a contemplarla en el futuro: la puesta de sol y la borrachera de colores que en ese momento embriaga al cielo me siguen impresionando como si aún tuviera siete años, nunca me cansaré de presenciar semejante espectáculo, que me sigue pareciendo de lo más impresionante que nos es dado ver sobre la tierra a los humanos.
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Se hizo de noche rápido, cuando llegué a Princesa había oscurecido ya casi por completo. La acera estaba totalmente atestada y había mucho, pero que mucho tráfico: los semáforos se veían colapsados y en la confluencia con Alberto Aguilera había un par de guardias intentando poner en orden tanto caos. Y es que era la hora: un viernes a las siete de la tarde en pleno curso, lo raro hubiera sido que no hubiera tantísima gente y tanto lío en ese momento por una calle principal. Porque era mucha gente, demasiada, al menos para una persona que gusta de caminar a la velocidad que yo lo hago, y eso que estoy acostumbrado a andar por una acera concurrida sin tropezarme, avanzando a mi paso habitual sin apenas necesidad de detenerme, pasando por huecos imposibles entre dos o más personas (alguna ventaja tenía que tener ser tan delgado), dejando atrás a esos rezagados que a cada paso se detienen y esquivando sin problemas a los que vienen hacia ti exactamente por donde tú caminas. Pero esta vez la acera estaba tan completamente llena de personas que iban en mi dirección y en la contraria, que ni siquiera yo podía moverme con facilidad al ritmo deseado, cosa que habitualmente me exaspera, y mucho. Pero lo cierto es que en esta ocasión no me desesperé, ni me puse nervioso, ni empecé a mirar el reloj obsesionado con que iba a llegar tarde. También es cierto que no llevaba prisa y tenía tiempo de sobra hasta las ocho y media, aunque la verdad es que a mí no me hace falta tener prisa o llegar tarde a algo para ir acelerao’ es mi estado normal. Pero no, la lo cierto es que, a medida que avanzaba “lentamente” por la calle de la Princesa, esquivando gente, dejando atrás tantos escaparates: Massimo Dutti, Pepe Jeans, Zara, Springfield, Cortefiel… me di cuenta de lo mucho que me gusta aquello en realidad, de cuánto echo de menos mi vida en Madrid, el ambiente de Ciudad Universitaria, salir a correr todos los días a la Dehesa de la Villa, ir al cine todos los fines de semana en versión original, tomar un cachi por ahí alguna noche, o una caña los sábados o los domingos a medio día, a lo mejor aún con la resaca de la de la de la noche anterior… y cuánto echo de menos también aquellas calles cada tarde abarrotadas de gente que vuelve a sus casas del trabajo, que sale porque ha quedado con amigos, o va al gimnasio, o al Corte Inglés, gente que sube y baja en tropel por las bocas de metro, gente que se para cada dos por tres ante un escaparate o entorpece el paso en las aceras al entrar y salir con bolsas de las tiendas. Lo echo de menos…

Mucho. Lo echo mucho de menos...
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La Gran Vía presentaba también el aspecto propio de un viernes a última hora de la tarde, y ya Fuencarral era un mar de gente en el que resultaba difícil, no ya avanzar, sino incluso caminar. A ambos lados de la calle había, cada no sé cuántos metros, unas chicas vestidas de bruja con bolsas pintadas de calabaza de las que ofrecían caramelos a la gente que pasaba, “¡Estamos gilipollas!” me dije, porque a mí la verdad es que el que aquí celebremos el dichoso jalogüín me parece una completa mamarrachada; bastantes mandangadas genuinamente castizas tenemos para hacer el tonto a lo largo del año, como para que encima ahora andemos importando las de los americanos. No sé, puestos a copiarles cosas, podríamos imitarles la democracia, el sistema político en general, la mayor decencia y respeto por lo público que parece practican por allí y cosas así, que por mal que le caigan a más de uno y de dos y por muchas cosas censurables que tengan (y las tienen), pues alguna que otra muy buena y muy digna de imitación también hay en los Iu Es Ei, pero el Halloween, ¡por favor! ¡¡¿Estamos locos o qué?!!
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¡¡¡Impresionante documento gráfico del Jálogüin a la española!!!
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Al salir del estanco de Fuencarral 80, donde me dieron la documentación y me explicaron qué tenía que hacer para solicitar el abono transporte, tiré hacia Sol con la idea de comer algo por allí, que me estaba muriendo del hambre (tengo que empezar a gastarme más dinero en la cafetería de la facultad!!). Por el aspecto de Preciados podría parecer que estábamos en plena fiebre de compras Navideñas: no cabía un alfiler. En la Puerta del Sol la cosa no era mejor, con el añadido de que aquí y allá había cada cual haciendo el cafre con un disfraz más grotesco y ridículo que el anterior, poniendo de manifiesto ésa que debe de ser ya ley universal y según la cual, cuando los españoles imitamos algo de fuera, lo hacemos fatal y a ser posible con mal gusto.
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Los aledaños de la Plaza mayor estaban a rebosar de turistas y artistas callejeros: mimos varios; una mujer cubierta de tierra y tiesa como una estatua en su silla; un viejo vestido de torero metálico con la cara pintada de oro y plata; un hombre tocando “Para Elisa” con copas de cristal llenas de agua. No sé por qué, pero necesité dar una vuelta por la plaza, sin ningún motivo concreto, simplemente me gustaba el ambiente: las risas en las tabernas de alrededor, la gente de cháchara al pie de las grandes farolas, los niños correteando, algunos disfrazados de monstruos y fantasmas. Vi abierta una de las muchas tiendas de recuerdos para turistas y entré a comprar postales. La dependienta se empeñaba en hablarme en inglés. Tras cansarme de contestarle en español y que ella siguiera con el inglés como si fuera un guiri, me cabreé y acabé pidiéndole la cuenta en alemán con malos modos: nunca falla, me cobró en español.
.Esta imagen es del señor Sufur, fótógrafo genial (entre otras muchas cosas) al que admiramos mucho en esta bloga y al que hemos tomado prestado este torero por parecerse mucho al de Madrid (aunque creo recordar que éste era de la ciudad condal)
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Entré en el bar al que voy siempre por allí y pedí un bocadillo de calamares, y mientras me lo comía les escribí a mis hermanas las postales, que eché a un buzón de Sol camino del teatro: Eduardo me había conseguido entradas para ver un espectáculo de marionetas para adultos llamado “Es-puto Cabaret” en el Teatro de las bellas artes. Tenía dos entradas pero al final iba solo. Le había preguntado a mi amiga Vicky si quería acompañarme, pero desde que tiene novio hace casi un año, de viernes a domingo no tiene tiempo (ni ojos, oídos, manos, boca... jajaja) para nadie más, de modo que me dijo que no podía; les ofrecí también venir a las dos únicas personas con que puedo decir que tengo un trato estrecho y cierta relación de amistad en Madrid, pero uno de ellos trabajaba hasta tarde y el otro se marchaba a su ciudad ese fin de semana, y con ellos se acababa mi lista. Hace unos meses alguien me escribía que “nunca se tienen suficientes amigos, sobre todo en Madrid”, creo nunca he tenido tanta conciencia de esas palabras como en el momento en que cruzaba completamente solo la calle de Alcalá en dirección al Círculo de Bellas Artes.
El espectáculo no era muy largo, duró en torno a una hora y media y consistía en una serie de números de lo mejor que ha realizado a lo largo de sus veinte años de trayectoria “El Espejo Negro” compañía de marionetas para adultos pionera en España. Para hilarlos unos con otros habían desarrollado un planteamiento originalísimo: una noche de cabaret en la que la anfitriona, un desvergonzado, irreverente y muy cachondo travesti llamado “Mariana Travelo” iba introduciendo las diversas actuaciones, desde un mini Joselito a horcajadas de una jeringuilla cantando “Doce cascabeles tiene mi caballo”, hasta una impresionante recreación de Lola Flores con un genial zapateao’, o un Freddi Mercury bailando y casi levitando sobre el escenario, de lo mejor de la noche, sin duda.
.Mariana Travelo y su perro alcohólico y ninfómano (se puede pedir más, jajaja). Si recalan por su ciudad, de verdad, no se lo piensen y acérquense a ver el espectáculo y conocer el "Es-Puto Cabaret", es tronchante de divertido y pasarán un muy buen rato
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Políticamente incorrectos, con un humor corrosivo y mucha, mucha mala leche, se iban sucediendo uno tras otro números para reír hasta no poder más. Para troncharse eran las marionetas del rey y de la reina, que acaban convertidas, él, tras quitarse una careta, en un esqueleto-payaso-prestidigitador, y ella, en el conejo que sale de la chistera y corre, salta y baila por todo el escenario al ritmo de una música muy de los Luney Tunes, casi me meo en la butaca con el número; aunque lo mejor de la noche, en mi opinión, el homenaje a Rocío Jurado, y mira que no soy yo muy de estas cosas, pero es que era sencillamente genial, por todo: la caracterización de la marioneta, perfecta, los movimientos, la gestualidad conseguida con el rostro y, sobre todo, con las manos, el acompasamiento entre el movimiento de la marioneta (manipulada por dos personas perfectamente coordinadas) y la música. Fue sensacional, a mí se me pusieron los pelos de punta, y cuando al final el director y fundador de la compañía, Ángel Calvente, y su equipo agradecieron la asistencia del público y plantearon el número final de la Jurado como un homenaje a su tierra, Andalucía, y a los andaluces que, por los motivos que sean, han tenido que emigrar, el teatro se vino abajo y yo he de confesar que me emocioné de veras, pero es que era ciertamente emocionante: "Rocio Jurado" cantando “Como un ola” envuelta por dos grandes telas, verde y blanca, movidas por un ventilador enorme oculto a los espectadores y que se iban elevando y simulando el oleaje del mar al mismo tiempo que la bandera de Andalucía ondeante, a mí se me puso la carne de gallina. Fue genial, disfruté como un enano y salí del teatro emocionado, contento, alegre como hacía mucho tiempo y con un subidón de los que últimamente tengo pocas veces (vamos, perdí la cartera en el patio de butacas y no me di cuenta hasta casi estar en puerta de la calle). La verdad es que al salir sí que me dio mucha pena que al final no me hubiera acompañado nadie, pero no por el hecho de haber ido solo, sino por no haber podido compartir con otra persona un rato tan genial y en el que me lo pasé tan verdaderamente bien. Lo ideal, evidentemente, habría sido ir con Eduardo, es lo que más me habría gustado, pero era un poco difícil porque vive a más de 500 Km. de aquí. Nada más salir le envié un mensaje dándole las gracias por las entradas y diciéndole lo muchísimo que me había gustado, y ya unos días después hablé con él para contárselo todo de viva voz. Lo cierto es que me dijo que sentía que al final hubiera tenido que ir yo solo, que si me había conseguido dos entradas era para que fuera acompañado, que habría sido lo propio.
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"La reina y yo... vamos a hacerles un truco de magia", jajaja, aún me muero de la risa cada vez que lo recuerdo
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Cogí el autobús de las once de la noche , que ya no es directo y tardé en llegar como el doble del tiempo habitual, pero bueno, no me importaba, había merecido mucho la pena quedarme hasta tan tarde y durante el viaje tuve oportunidad de pensar bastante, y es que, después de las impresiones tan encontradas de un día tan intenso, la nostalgia sentida de mi antigua vida en Madrid, las imágenes del atardecer que tanto me fascinan, el buen rato disfrutado en el teatro y la pena de no haber podido compartirlo con nadie, al tiempo que las reflexiones que la noche anterior había leído en otro blog sobre la soledad y a las que desde entonces andaba dando vueltas, pues hicieron que no pudiera evitar que me asltaran a mí también entonces pensamientos de ese tipo. Yo la verdad es que estoy completamente acostumbrado a ir solo, como esa noche, al teatro o sitios así y a hacer muchas cosas completamente solo. Antes lo llevaba peor, pero son ya tantos años que acabas por acostumbrarte, aparte de que observo mi situación actual y la comparo con lo que he vivido antes, y desde luego que no tengo ninguna duda de que ahora mismo estoy infinitamente mejor. Soledad era lo que me tocó vivir durante la mayor parte de mi adolescencia, en que casi no abría la boca a lo largo del día, pasaba por el instituto como un fantasma para volver a mi casa y encerrarme en mi habitación a llorar debajo de la mesa, desesperado por sentir que no tenía absolutamente a nadie con quien hablar ni de lo más trivial que me rondaba la cabeza ni de lo más importante que me consumía el alma cada día. Eso sí era soledad, la sentía tan espesa que hacía que me doliera la espalda y que a veces tuviera la impresión de poder mascarla si quisiera. Eso sí que era soledad y no lo de ahora, porque si bien es cierto que las personas a las que yo considero amigas mías, amigas de verdad con todo lo que para mí significa la palabra amigo, personas que no me han fallado ni defraudado nunca, en nada, por muy jodida que fuera la situación y que no me dieron la espalda en el peor momento, si es cierto, digo, que me sobran dedos en una mano para contar a éstos y ninguno, excepto Vicky, vive a menos de 300 Km. de mí, no es menos cierto que yo, que he estado al otro lado de la línea y sé perfectamente lo que es no tener nada a lo que agarrarse en los malos momentos ni a nadie a quien acudir ni con quien hablar en las horas difíciles, pues considero a esas pocas personas como todo un mundo, y la mera consciencia de tener a uno solo de ellos en mi vida bastaría para que me sintiera acompañado, aparte de que viendo las cosas que he vivido, sería una mezquindad que me atreviera a sentirme solo hoy en día, cuando no pasa una semana sin que alguien, aunque esté lejos, me llame por teléfono, o puedo escribir a varias personas, y ellas me escriben a mí, me envían postales desde sus ciudades o desde aquellos lugares que visitan, y yo siento que se las puedo enviar a ellos y que cuando me escriben que a ver si los visito, no lo hacen en absoluto por quedar bien; habría que ser un miserable para sentirse solo teniendo algunas de las cosas que en este preciso momento de mi vida tengo yo.
Desde luego que es jodido que esté lejos la mayoría de la gente a la que más aprecias y a la que quieres acudir en los mejores y en los peores ratos, decir que eso no es duro sería una estupidez, al igual que no es agradable hacer determinado tipo de cosas en soledad, al menos para mí: yo odio salir a correr solo o ir solo al cine, pero de las dieciocho películas que he visto en lo que va de año, tan sólo cuatro han sido acompañado, bueno, tres, que a la otra fui con mi hermana Laura, nuestra prima y su novio, y ellos se metieron a ver otra peli y yo entré a la mía solo, como las otras catorce veces más. ¿Y qué?, ¿qué voy a hacer?, ¿quedarme en casa y dejar de hacer algo que me gusta tanto como ir al cine o salir a hacer deporte por no tener ahora mismo a nadie cerca que quiera y pueda acompañarme en cosas tan tontas y sencillas como ésas? No, yo desde luego no, ya no, porque admito que antes sí que era así como vivía, o mejor dicho, como no vivía, porque eso no es vivir: la soledad es muy jodida, ya lo he comentado, pero eso no quiere decir que uno pueda dejar que ésta se lo coma y lo machaque, eso es la perdición. Yo hace tiempo que la veo como un chicle: a veces, y esto es muy cierto, la buscamos nosotros mismos, todo el mundo necesita de vez en cuando algo de soledad, es como cuando te metes en la boca goma de mascar porque te gusta, o para quitarte el mal sabor de algo, o qué se yo. Luego se pasa el chicle, o te cansas de él y lo escupes sin más, pero ocurre que a veces lo pisas y resulta que lo llevas pegado a la suela y no hay quien lo despegue y es un fastidio, pero es un chicle, no es nada más, tienes que limitarte a pisarlo y acabará desintegrado o en la acera, ya está. Pues la soledad es igual: en ocasiones uno necesita estar solo y la busca, lo que pasa es que también hay momentos en la vida en que te encuentras solo sin haberlo buscado, como cuando pisas en la calle ese chicle que no has tirado tú pero sí te has llevado pegado. No hay que desesperar, ni dejar de vivir, ya pasará la mala racha, creo que es absurdo dejar de hacer tu propia vida por miedo a hacerla solo, por miedo a la soledad: si dejas de caminar porque tienes un chicle pegado en el zapato, probablemente te pierdas muchas cosas, o llegues tarde a tu destino, o peor aún, no llegues nunca. Cualquiera se reiría de alguien que se queda parado y deja su camino porque se le ha pegado una mierda de chicle en el zapato, pues a mí me causa la misma sorpresa que alguien deje de hacer lo que le gusta por miedo a hacerlo solo. Cuando pueda, iré al cine, al teatro, a correr, a jugar al fútbol o a mil cosas más acompañado, mientras tanto, no voy a perder la vida esperando a que llegue ese momento, me dedico a vivir en la plenitud de lo que tengo ahora, y desde luego que ya no masco mi soledad como antes, hace ya bastante tiempo la estoy pisoteando.
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El autobús llegó a la estación después de las doce y media de la noche, y yo a casa poco antes de la una. No hacía frío, seguía habiendo más de 20º. Antes de subir, pasé al jardín de atrás. Me quedé allí un momento, entre las sombras desmayadas azul marino y blancas de los rosales iluminados por la luz de una luna que en tres días sería Luna llena. Miré al cielo: completamente despejado, con poco esfuerzo y de espaldas al astro de la noche se podían ver perfectamente Orión y otras constelaciones. “Esta noche parece que Alnitak birlla más que Rigel”, pensé, al tiempo que me daba la vuelta para entrarme ya en casa mientras me preguntaba qué hombre es capaz de sentirse sólo alzando la vista al cielo y contemplando el universo, yo al menos no.
.Y tú, Bryan ¿estarás mirando al cielo, no?

lunes 16 de noviembre de 2009

Cartografía familiar

A veces pienso en lo poco que me gusta desayunar la mitad de la semana completamente solo, mal y rápido a las 5:30 de la mañana. Para mí el desayuno es la comida más importante del día y me gusta hacerla, ya lo he mencionado en alguna ocasión, en condiciones: tomar leche, mucha, cereales, fruta, mucha también, té, miel (sanísima), zumo y algún yogur. Pero de madrugada y teniendo que largarme corriendo a por el autobús a la estación, ni me da tiempo de comer tanto ni tengo el cuerpo para ello (apenas desayuno, medio corriendo, un tazón de té con leche, un plátano, un kiwi, un par de magdalenas y un yogur). Los jueves y los viernes, que entro más tarde a clase y, en consecuencia, cojo más tarde el autobús, puedo levantarme también tarde (a las 6:50) y no desayunar tan poca cosa, tan rápido y tan pronto como los otros días de diario. Y como es más tarde, pues ya no estoy tan solo: cuando en torno a las 7:00 me siento en la cocina, generalmente ya está rondando por ahí mi madre o llega casi detrás de mí. Mi padre suele llevar ya un rato allí, desayunando en la encimera (siempre de pie), mientras escucha la radio que lleva consigo a todos lados. A veces a esas horas incluso ya se ha levantado mi hermano Jorge y se sienta en la mesa, enfrente de mí, para desayunar él también al mismo tiempo.
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Uno nunca sabe, cuando se levanta, si el que comienza va ser un día bueno o uno malo, yo al menos no lo sé, tan de mañana a mí todos los días me parecen completamente iguales: levantarse, preparar el desayuno, vestirse, desayunar… La rutina inalterable día tras día convierte los rituales de mañana (mis rituales de mañana) en acciones puramente mecánicas, realizadas casi por inercia, hay días que hasta la segunda, a veces hasta la tercera clase, no soy yo, antes todo me parece exactamente la repetición diaria, inalterable y perfecta de una secuencia que aborrezco pero que, desde luego, ahora mismo no parece ir a cambiar de la noche a la mañana.
Pero hay días en los que ocurre algo a esas horas tan de mañana, algo que altera, que cambia todo eso, que de alguna manera marca una clara diferencia, para bien o para mal, con respecto al resto de los días y hace que te digas ya temprano “Vale, hoy va a ser diferente”. Y no es necesario que cambie todo, que cambien muchas cosas para que uno tenga esa sensación, a mí a veces me ha pasado simplemente con una simple certeza, con una impresión; los martes, por ejemplo, el día que generalmente me quedo a comer en Madrid y aprovecho la tarde para ver alguna exposición, pues al levantarme, la mera seguridad de que ése día no voy a tener que volver a casa casi corriendo para comer tarde y que, por el contrario, pasaré un rato, probablemente bueno, en un museo viendo algo que seguramente me interesa, simplemente esa impresión consigue que al levantarme ya me resulte todo por completo distinto del resto de los días. O los viernes, el día que suelo aprovechar para ir al cine, pues la idea de que esa tarde la echaré fuera de casa para evadirme un par de horas en la butaca y frente a la pantalla, ese solo pensamiento ya consigue que ande acelerado todo el día desde casi el mismo momento en que me he levantado. Y hay días en que uno no imagina (en que no podrías haberlo imaginado) no ya que todo vaya a ser distinto, sino que antes de que seas capaz de darte cuenta y en el escaso tiempo en que otras veces lo único que ha habido han sido esas señales o impresiones de que algo va a cambiar, pues hay veces que en ese poco tiempo, digo, todo cambia y el día más anodino y que habías previsto como completamente irrelevante y exactamente igual a todos los demás, se convierte, en el escaso curso de unos pocos minutos, en el peor, el más desesperante y, en algún sentido, el más horrible que cabría haber imaginado.
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Sonaba de fondo la radio en la cocina. El locutor cacareaba los titulares desgranando los habituales desastres del panorama nacional. Entró mi padre desde el salón adonde había ido a ver algo que le interesaba de las noticias de la tele. Pasó sin saludar (no es raro), y cogió su taza de café de la encimera. -Hombre, Jorge, hijo- dijo dirigiéndose a mi hermano, que se desperezaba con la cabeza apoyada en la mesa. -¿Qué haces aquí tan temprano?- preguntó. Jorge no respondió, lo único que quería era que le preparasen el desayuno. -¿Sabes tú, Jorge- le preguntó de nuevo -hasta cuando va a seguir castigándome tu hermano?- El melocotón que estaba pelando se me escurrió de las manos y si hubiera tenido algo de comida en la boca seguramente me hubiera atragantado. No llego a un segundo, pero en ese momento el pensamiento de que el día iba a ser malo, malo, me fulminó. Hice como que no me daba por aludido, estrictamente la pregunta no me la había hecho a mí, aunque por supuesto yo sabía que ésas son las maneras de mi padre, es parte del juego macabro que practica con nosotros en casa y al que le gusta jugar, sobre todo, conmigo: cuando algo no es como a él le prece bien, te ignora; cuando quiere que rectifiques cualquier cosa, te ignora; te ignora incluso cuando está cabreado por lo que sea que no tiene que ver contigo: entra en un sitio sin saludar, no dice nada, hace como si no estuvieras, como que no existes, y es tarea tuya averiguar qué pasa, qué es lo que quiere o no le satisface y ponerle solución. Luego también está la técnica soltar algo de repente, como dicho al aire, como dirigido a otro, o sin el como, dirigido a otro, pero con la seguridad, la certeza y el deseo de que lo escuches tú y te enteres, y por supuesto, de que seas tú quien le respondas a él: que no se digne a dirigirte la palabra ni te haga una pregunta a ti no significa que no espere que le des una respuesta. Esas son las reglas, pero como yo también sé jugar y las reglas están para romperlas, continué callado, no respondí e intente seguir desayunando, al fin y al cabo, como he dicho, la pregunta, estrictamente, no me la había dirigido a mí.
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-¡Eh!, ¿me puedes decir hasta cuándo piensas seguir torturándome?-. Ahora sí que la pregunta iba dirigida a mí. Dejé el melocotón en el plato y me limpié las manos -Yo no te estoy torturando- es lo único que respondí.
-Sí, sí que me estás torturando- replicó él. -¿Hasta cuándo piensas seguir castigándome no dejando que te lleve por las mañanas a la estación?-. Vale, ahora ya sabía de qué iba todo aquello. Que teníamos una conversación (esa conversación) pendiente, es algo que yo había tenido más o menos claro cuando empezó el curso, pero pasadas ya tres semanas y a punto de terminar octubre sin que hubiera salido el tema, pues había empezado a dar por hecho que, como casi todos los problemas en casa, el asunto iba a dejarse de lado como si no existiese aunque estuviera presente todos y cada uno de los días del año. Mi padre se había pasado parte del mes de agosto y casi la totalidad del septiembre llamándome imbécil, gilipollas, desagradecido, mal hijo y todo lo de siempre, estoy completamente acostumbrado, aunque en esta ocasión no sólo lo hacía en el habitualmente insoportable ambiente de casa, sino también fuera, en casa de mis tíos, delante de mis primos o de las visitas, y eso ya no es tan normal ni lo tengo yo tan asimilado: ir a comer con algún familiar y que me pregunten preocupados qué ocurre en casa, aparte de lo de siempre, para que mi padre se haya pasado toda una tarde en la suya hablando de mí peor de lo normal, no sólo me molesta y me preocupa, sino que además no puedo dejar de sentir una profunda humillación.
Mi padre estuvo todo el mes de septiembre enormemente cabreado conmigo porque decidí cortar la comunicación con él casi hasta el mínimo y, en la medida de lo posible, ignorarlo, después de haberlo sorprendido leyendo mi correspondencia y de que se negara a responderme nada cuando le pedí una explicación aún con mis postales en la mano. Primero dijo que le daba igual que yo me enfadara por aquello, después empezó a estar molesto con mi actitud, cuando no es sino la misma que él nos aplica a los demás cada vez que le viene en gana, o sea, casi siempre, y finalmente empezó a perder los papeles un día sí y otro también: me gritaba a la primera ocasión y acaba casi todas las frases que me decía avisándome de que se estaba conteniendo para no darme una paliza. Así nos pasamos septiembre, y bueno, a la mínima oportunidad se le llenaba la boca con que este curso no pensaba llevarme a la estación por las mañanas ni un solo día, que yo era un miserable y un desagradecido y que estaba listo si me había creído que después de lo que le estaba haciendo lo iba a tener otra vez de chofer como un imbécil. Dicho y hecho: llegó mi examen de morfología en septiembre y me fui andando a la estación a coger el tren de las 6:50. Mi madre intentó los días anteriores que le pidiera perdón a mi padre y le dijera que me llevara él. Me negué: a mí se me podrá acusar de muchas cosas, pero desde luego no de ser no consecuente con lo que pienso y digo. Y llegó octubre y comenzó el curso, y un día tras otro de la primera semana me fui andando a las seis de la mañana a la estación. Mi madre volvió a preguntarme si pensaba seguir así todo el curso, -No- contesté, -sólo hasta que responda a mi pregunta de hace ya mes y medio y me dé una explicación de por qué le pille leyendo mis postales. Es lo que he mantenido desde el principio y creo que nada ha cambiado, aparte de que me parece que aún sigo mereciendo una disculpa-. Vino a continuación la conversación que mi madre parece necesitar tener conmigo cada seis o siete meses, con la novedad de que esta vez le revelé que llevaba desde mayo buscando desesperadamente trabajo y piso en Madrid, dispuesto incluso a mandar todo a la mierda y dejar la carrera si con ello conseguía salir de allí, porque en casa me estaba muriendo un poco más cada día. El resultado, el de siempre: yo pongo sobre la mesa toda la mierda que tenemos encima, ella acaba llorando mucho y yo acabo llorando más aún porque al final lo único que queda claro es que mi madre es consciente de que todo es tan horrible como yo le digo que es (lo que significa que no es obsesión mía y no estoy loco), pero que no hay nada que hacer, que ni puede ni está dispuesta a ello, y me suplica llorando que no haga nada yo tampoco, con lo que es evidente que nada va a cambiar.
Y ahora, después de casi un mes de clase, más de dos meses después de que comenzara todo aquello y en un momento en que tengo apenas diez minutos para desayunar y largarme pitando, me pregunta mi padre que cuándo va a acabar y me dice que lo estoy castigando. -Yo no soy el que se pasó la mitad de septiembre- empecé -diciendo que este curso me iba a ir andando a la estación porque no pensabas llevarme un solo día en coche, de modo que no me vengas ahora con que esto es una tortura para ti, eres esclavo de tus palabras y dueño de tus silencios-. Me callé. Miraba al vacío, nunca miro a la cara a mi padre, ni siquiera cuando le hablo. No puedo. Hace años que no puedo. Es la única persona con la que me sucede: yo soy de mirar muy directamente a los ojos hasta que el otro me desvía la mirada, pero con él no puedo. Permaneció un momento en silencio. Mi madre había entrado hacía un minuto en la cocina y trajinaba por en medio preparándole a Jorge el desayuno, aunque verdaderamente estaba vigilando, merodeando a ver en qué acaba todo aquello, es el papel que decidió desempeñar hace ya muchos años en mi casa, el de mera espectadora de su vida y de la nuestra mientras se va desarrollando la tragedia que nos tiene como protagonistas.
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-Tú llevas ignorándome desde antes de eso- empezó a hablar mi padre de nuevo. -Cuando estoy yo en un sitio, no hablas, te callas, me ignoras, me siento completamente despreciado por ti-. “La mejor defensa es un buen ataque”: dicen, que mi padre me eche en cara una actitud que hace años ya él ha convertido en la norma por la que rige sus relaciones conmigo, no me parece un ataque ni una forma de defenderse, sino un insulto a la inteligencia de todos los que viven con nosotros. -Yo aún sigo esperando una respuesta a la pregunta que te hice hace dos meses- fue mi única respuesta. Bebí un trago de zumo, metí una magdalena en el tazón e intenté seguir desayunando, pero ya me empezaban a temblar las manos.
-¿Qué pregunta?- exclama con sorpresa. -La de por qué estabas leyendo mis postales- respondo yo. Seguí comiéndome la magdalena. Seguía sin mirarle. Seguía sonando de fondo la radio en la cocina.
-Es que yo no tengo que darte a ti ninguna explicación por eso- saltó, y esta vez ya con el tono muy subido. “Genial, ya empezamos”, me dije. -Tú me preguntaste en su momento- continuó -y si no yo no te respondí entonces es porque no tengo ninguna necesidad de hacerlo, que pareces tonto algunas veces con lo listo que te crees. Yo me he encontrado tus postales en el buzón y las he leído ¿y qué? Que te ha molestado, pues mira, lo lamento, pero yo no tengo conciencia de haber hecho nada malo en absoluto, eso lo tengo clarísimo-. Terminó. Yo, que lo conozco, sabía perfectamente que me diría cosas de este tipo, a decir verdad hacía semanas que estaba preparado para una conversación por estos derroteros, y él también.
-Pues a mí me parece que es un indignidad- dije yo, -y creo que es impropio de una persona equilibrada el leer una correspondencia que no es suya, del tipo que ésta sea-.
-A mi me da igual lo que tu pienses- a gritos. -Tú lo que eres es un imbécil. ¿Qué, ya te has quedado a gusto llamándome indigno y desequilibrado, no? Eres un gilipollas, hijo, eso es lo que eres- a gritos. -¿Pues sabes que te digo yo? Que me da igual lo que creas porque tú no tienes ni idea de nada, ¡vamos! Y que no tengo la más mínima mala conciencia por haberte leído las postales. Pero bueno- bajó un poco la voz y se tranquilizó en el tono-, si te sirve de algo, no ponía nada peligroso o una de esas cosas de que te tienes que avergonzar: “lo pasamos muy bien, esto es muy bonito, me acuerdo de ti”-. A mí me recorrió un mar de indignación al oír esto y ya estaba conteniéndome las lágrimas: si que leyera mis postales me había resultado en su momento vergonzosamente humillante, que además ahora se pusiera a remedar su contenido delante de mí, de mi madre y de mi hermano pequeño, me hizo sentir verdaderamente mal: no importa lo que me hubieran escrito en ellas, como si hubieran sido cartas del banco o de la universidad, ¡esas palabras eran mías, iban dirigidas a mí, eran mi intimidad! y sentí que las estaban violando y exponiendo como si me hubieran arrojado desnudo a las miradas impúdicas de una multitud. -Es igual lo que hubiera escrito en las postales- me temblaba la voz, me dolía la garganta del esfuerzo que estaba haciendo para no ponerme a llorar allí mismo. -Lo que a mí me parece completamente censurable y una desvergüenza es el hecho de leer algo que no es tuyo, que no es para ti y no te concierne en absoluto, independientemente de lo diga o deje de decir, eso es lo de menos, lo grave es el acto de haberlo leído, que no tiene nada que ver con el contenido-. Me callé. No sabía qué más decir y empezaba a parecerme completamente absurdo tener aquella conversación y el ser yo quien necesitase justificar sus argumentos.
-Muy bien, ¿te parece muy censurable? -empezó otra vez a gritos, -pues ya me has censurado, ¿ya estás contento? Hale, ¿vas a dejar ya todo esto o quieres algo más? Porque te voy a decir una cosa: lo que me estás haciendo en un chantaje emocional, el "ahora te ignoro hasta que no hagas lo que yo quiero". Eso es un chantaje emocional y tú eres un chantajista. ¿Qué quieres, que me disculpe?- a gritos, -pues yo ya te he dicho que no tengo conciencia de haber hecho nada malo por lo que no voy a pedir perdón por nada, y menos a ti, ¡vamos, habráse visto! tener que pedirle yo ahora perdón a mi hijo, ¡en la vida! A mí mi padre no me pidió jamás perdón por nada- lo de citar a mi abuelo es un clásico. -Que tú te sientes muy mal porque eres tan especialito, ¡pues chico, yo lo siento!, pero las cosas son así. Yo, si lamento algo, es que a ti te haya afectado tanto el asunto, vamos, no me podía ni haber imaginado que te lo fueras a tomar así, pero eso es un problema tuyo, de todas maneras, mira, yo lo siento, siento que te haya afectado tanto, pero ya está, no siento haber hecho algo que creo puedo hacer cuando me da la gana, ¿o es que te has olvidado que vives en mi casa? En los monasterios los priores leen las cartas de los monjes, ¿o qué te has creído, tú, que eres el único al que leen la correspondencia?- si fuera otra persona, habría pensado que quien utilizaba ese argumento de los conventos y los frailes se estaba riendo de mí, pero siendo mi padre sabía que lo estaba diciendo completamente en serio. -Pero vamos- siguió él, -esto es muy sencillo: si no quieres que te pase otra vez, les dices a tus amigos que te metan las postales en sobres o simplemente que no te las envíen, porque yo no te garantizo que no vaya a leerlas de nuevo si me las encuentro otra vezen el buzón, ya te he dicho que no creo estar haciendo en absoluto nada malo y que ésta es mi casa-. En ese momento y escuchando aquellas cosas, ya no aguanté más y empezaron a rodarme las lágrimas por la cara: se me ocurrían pocas cosas más absurdas y humillantes que el hecho de tener que pedirle a alguien que me enviara una simple postal metida en un sobre, no me sometería a aquella humillación ni le pediría eso jamás a nadie, y mucho menos le diría a un amigo que dejara de escribirme, una de las pocas cosas que hoy en día traen algo de alegría a mi vida. Y no me parecían minucias o tonterías o cosas sin mucha iportancia, cuando uno está dispuesto a renunciar a un poco de dignidad, acaba por cederla en mucho: no hay humillación pequeña, toda renuncia en cualquier aspecto de lo que nos hace hombres íntegros y ciudadanos libres es un fracaso personal y una tragedia colectiva materializada a escala individual. -Lo que pasa- seguía gritando él, -es que tú eres subnormal y estás obsesionado con TU intimidad- remarcaba el "tu", -y que nadie se meta en TU vida- remarcaba el "tu", -y no quieres que nadie te la toque ni se entere de TUS cosas- remarcó el "tus" como si lo estuviera masticando, -pero esto es lo que hay, porque esto es una familia, que te crees que sigues estando en la residencia universitaria y eres incapaz de vivir en familia, ¿o es que te parece normal que yo me entere, diez meses después, de que en diciembre fuiste al cardiólogo, que me lo ha dicho hace dos semanas tu hermana Sara?-. Se calló. Esperaba una respuesta. Yo intenté recomponerme y hablar sin que se me notara muy desecho. -Pues si eres el único que en casa no se ha enterado, será que no me preguntaste- empecé yo, -porque desde luego que no fue ningún secreto y estuve un día entero aquí con un cacharro puesto-.
-¡Ah, claro!, es que yo tengo que preguntarte a ti ¿no?- Dijo con un sarcasmo hiriente. -O sea, que tenemos que ir a ti a que nos informes de tu vida- siguió, -y luego, como siempre, respondes de malas formas. Pues no señor, tú es que no tienes ni idea de nada, hijo. Esto es como la carrera, que ni sé las asignaturas que te quedan ni te has dignado aún a explicarme por qué no has acabado todavía-. -¡Tú no me has preguntado cuántas asignaturas me quedan!- respondí yo indignado, casi también gritos y sin importarme ya que se notara que llevaba un rato llorando. -Tú en cinco años no me has preguntado por nada que tenga que ver con mi carrera, como si no te interesara lo más mínimo- me temblaba la voz, casi no podía hablar. -Tú no te has sentado conmigo ni me has dicho “A ver hijo, ¿qué te pasa? ¿Por qué no has terminado? ¿Por qué no eres capaz presentarte a los exámenes? Tú no has hecho nada de eso- y ya estallé, -¡no!, tú siempre te vas a lo fácil, que te lo demos todo hecho. Como el otro día: me ves aquí desayunando, no me dices nada, pasas de mí como de la mierda, te bajas al coche, y cuando salgo a la calle para irme a la estación empiezas a pitar para que me suba y llevarme. Claro, eso es lo fácil, porque preguntarme aquí en la cocina si quiero que me lleves debe de ser lo difícil, pero pitarme en la calle como a un cualquiera que pasa por ahí es mucho mejor, no hay que hablar, sólo hay que pitar, y si no me monto, pues el malo soy, que me ofreces llevarme y yo te he ignorado ¿qué te crees, que no sé como funcionas? Ufffff, claro que lo sé, lo sabemos todos: tú tergiversas y manipulas la realidad de una forma bestial y espantosa, hasta el punto de que siempre todos te hacemos daño y somos malos contigo y tú eres un pobre desgraciado. ¡Eso es lo que haces tú, eso es lo que nos haces porque tú funcionas así!-. Bajé la cabeza, las lágrimas caían en el tazón de té, pero no importaba, de repente no soportaba que siguieran viéndome llorar como lo estaba haciendo y no era capa de mantener ya más la cabeza alta.
-Sí, ahora me vienes con que no te digo “Hijo vamos a sentarnos, cuéntame qué te pasa”, ¡por favor!- exclamó con un acento de desprecio e incredulidad que me taladró el corazón. -¿Qué te crees?, ¿qué no me doy cuenta? me desprecias: no me hablas, ni me cuentas nada y cuando llego a una habitación te callas- ahora era a él también al que le temblaba la voz: la conversación se le estaba yendo de las manos a pasos agigantados, todo esto ya no lo tenía preparado. -Y si yo te ignoro y te desprecio, es porque es lo que creo que recibo de ti y porque me parece que es lo que te mereces- ahora hablaba tan deprisa que casi costaba entenderlo, -porque nos has sacado de tu vida como si fuéramos unos extraños y no nos tratas como a tu familia-. Miré a mi madre, estaba llorando. Jorge hacía que desayunaba pero en realidad no comía y sólo quería seguir presenciando en el mismo escenario la función. -Yo no os he sacado de mi vida, ni a ti ni a nadie- conseguí decir tras recomponerme un poco, -y quien me pregunta y se interesa por mí, sabe de mis cosas, lo que no quita que yo proteja lo que quiero de mi intimidad. Porque a mí no me parece que los padres no tenga que preguntarles a lo hijos qué les pasa, qué es de su vida y cómo les van las cosas, a veces uno necesita que le muestren ese interés, sobre todo sus padres. Porque vamos, tú sabes hasta las medicinas que toma el padre de tu amigo el cura, y lo que tiene, y lo llamas a ver qué tal está y qué le han hecho, y le preguntas un día sí y otro también, pero a mí, que soy tu hijo, no ¿es que soy menos que tu amigo el cura o que su padre para que no me preguntes?-. Me callé, y ahora sí que conseguí mirarlo.
-Es que yo tendría ni que preguntarte- fue su única respuesta. Pocas veces en mi vida he tenido la sensación tan clara y abrumadoramente dolorosa de que hay un muro entre nosotros o de que hablamos idiomas completamente diferentes.
-Entonces te arriesgas a que te pase lo que te ha pasado: convertirte en un espectador de las vidas de tus hijos por no ser capaz de involucrarte lo suficiente en ellas como para ser un protagonista. Nosotros no te hemos sacado de nuestras vidas, yo no te he sacado de mi vida, eres tú el que ha te has quedado fuera, y si viendo y siendo consciente lo que ha pasado, aún eres capaz de seguir esperando a que seamos los demás los que te metamos dentro sin hacer nada tú, es que tienes un problema y no de nada sirve cualquier cosa que pueda yo explicarte. Aun estando equivocado en mi opinión y siendo tú el que piensa correctamente en la idea de que un padre no tiene que acudir a sus hijos, sino que son ellos los que deben hacercarse a él, presentársele, rendirle pleitesía e informarle de sus vida, aunque fuera así como tienen que ser las cosas, creo que al ver que no es cómo nos comportamos tus hijos y aun siendo esa actitud nuestra el gran error, pues me parece a mí que merecería la pena ser tú el que diera el paso y acudir a buscarnos a nosotros, y preguntar tú, y querer saber tú, cambiar tú la actitud pese a que fuéramos los otros los equivocados, creo que el precio a pagar es demasiado caro como para no poder permitirse hacer algo como eso. Pero ni siquiera tú crees que sea así como deben funcionar las cosas, porque tú no nos exiges todo eso a tus hijos: a las hermanas les preguntas, hablas con ellas, con Jorge, hasta por Diego te interesas directamente, pero conmigo no, todo eso sólo me lo exiges a mí: que te busque, cuando tú no me buscas, que te informe de cosas por las que eres incapaz de mostrar el más mínimo interés, pues si te crees que te duele más a ti que a mí el que te enteres con diez meses de retraso de que he ido a un médico, es que no estás bien de la cabeza o has perdido la perspectiva de todo por completo. Yo no te he sacado de mi vida a ti como no he sacado a ninguna otra persona del resto de mi familia, lo único que ha pasado es que, en el momento en que yo ya no he tenido fuerzas para mantenerme en esa dinámica agotadora de ponerlo todo de mi parte a cambio de nada sino desinterés, tú te has quedado fuera, y ya está, como tú dices: esto es lo que hay-.
-Podéis dejarlo ya- intervino por primera vez mi madre con una voz de ultratumba, ronca, apagada por los esfuerzos que hacía para que no se le notara que también ella estaba controlando muchas más lágrimas de las que se le escapaban. Y de fondo seguía sonando, insoportable, la radio en la cocina.
-Mira lo que te voy a decir- volvió a hablar mi padre dirigiéndose a mí e ignorando a mi madre - y te vas a estar callado y me vas a escuchar todo y no me vas a interrumpir otra vez para llamarme manipulador- me dijo al tiempo que se sentaba en la mesa mucho más cerca de mí de lo que había estado a lo largo de toda la conversación. -Escúchame bien- empezó, ahora más en voz baja, y casi prefería que gritara: cuando habla en bajo da más miedo. -Yo seré muy imperfecto y cometeré muchos errores y he hecho muchas cosas mal y tengo la certeza de haber fracasado en mi vida, sobre todo como padre, pero los hijos no venís con manual de instrucciones y tú eres muy raro y muy difícil y un chantajista emocional, aunque claro, para ti al decir esto ahora estoy tergiversando la realidad y os manipulo ¿no? Pues que sepas que si a veces parece que hago eso es porque yo ya no sé qué hacer contigo, porque uno nunca sabe cómo acertar y nunca estás contento ni satisfecho con nada, y si la familia está desestructurada es en gran media por tu culpa, por tu actitud. Pero mira, para que luego no me digas que no soy capaz de perdonar, que manipulo y tergirverso, me olvido ya de todo lo que me has dicho, que yo no voy apuntando las cosas ni te las saco después de muchos meses, a mí con soltarlo de golpe en una ocasión y pegar cuatro gritos me basta, no soy como tú, que te vas guardando todo dentro y vas rumiando los males y nunca dices nada y luego nos vas envenenando poco a poco. Así es que si quieres ya, o cuando tú me digas, yo cojo el coche y te llevo otra vez a la estación-. Se calló. Así es que, después de aquello, para él todo seguía reduciéndose a eso: a llevarme en coche a la estación por las mañanas. No me lo podía creer. Estaba allí, mirándome, como esperando una respuesta. Y se la di: -Llueva, hiele, nieve o se hunda la ciudad, este curso no me vas a llevar a la estación un solo día-. Fue lo único que respondí. Terminé el té, recogí las cosas del desayuno y me largué. Eran más de las siete y media: o corría o no llegaba a tiempo.
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Seguía llorando cuando salí de casa. Seguía llorando cuando me monté en el autobús, me fuí hasta el final, donde no había casi nadie, y me senté yo solo. Me puse las gafas de sol y seguí llorando allí: apenas había amanecido y se me empañaron enseguida los cristales al empezar a caer las lágrimas en ellos, pero me daba igual, no me las quité, ahora era el momento de llorar todo lo que no había podido allí sentado en la cocina, y era mucho. A veces me reprocho el no ser capaz de cumplir la promesa que me hice a mí mismo a los trece años de no volver a llorar más delante de mi padre, y juro que lo intento, pero cuando tenemos alguna discusión fuerte como ésta, siempre consigue que acabe derrumbándome. Aún así, mientras está delante, contengo lágrimas y sollozos como si me fuera la vida en ello, lo único que sale es como el peaje a pagar por no deshacerme por completo en el momento, siempre dejo eso para después.
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Debí de llegar a clase con una cara horrible. -¿Qué le pasa?- me preguntó el profesor de Griego Helenístico al verme entrar en su despacho. -Nada- respondí intentando componer un gesto de normalidad y aparentar indiferencia, -es que me van operar y he andado un poco preocupado con el asunto, pero no es nada grave ni de importancia- contesté un poco sin saber qué decir y al tiempo que sacaba mi cuaderno para la clase. -¡Ah! Pues si no es grave ni importante, no se preocupe usted- dijo don Ignacio animado sin apartar la vista de la pantalla de su ordenador.
No fui a comer a casa, no me sentía con ánimos ni fuerzas. Eché el día en Madrid y me volví en el autobús de las 19:30 h. Eran más de las nueve y cuarto cuando entraba silencioso en casa. Se veía y oía gente a través de la puerta del salón. Metí el abrigo en el armario y me subí derecho a mi habitación sin hacer ruido. Cerré la puerta. Encima de mi mesa, un postal. De Pamplona, era de Isabel, había estado allí el fin de semana anterior con su novio. Me senté en la cama y la leí:
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“Pamplona, 17 de octubre de 2009

¡Hola! ¿Qué tal? Este finde me he ido a Pamplona con Carlos y te envío una postal de los San Fermines desde un enfoque más divertido. Muchas gracias por tu carta. A este paso, cuando vaya a Madrid me voy a pegar las 24 horas metida en museos para empatar contigo. Mucho ánimo con las clases y los madrugones, ¡eh?
Un beso enorme, Isa.”
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Rompí a llorar antes incluso de haberla terminado, no sé si de alegría y como desahogo al poder terminar un día tan triste con una postal tan llena de palabras cariñosas, o si más bien de pena ante la duda de si me habría leído también esta postal.
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martes 10 de noviembre de 2009

Textiles Paracas

Señoras, señores, señoritas, señoritos (qué mal suena ¿verdad? pero es por eso de la igualdad, no se me vaya a enfadar la ministra)
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No me enfado
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¡Gracias Bibiana! Hoy, con todos ustedes, posta museológica.
.Arghhhhhhhhhhh, NOOOOOOOOO!!!!!!
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¡Cómo que no! Claro que sí, que hace ya tiempo que no amargo al personal con una de éstas, además, os va a gustar, que lo sé yo, que en esta ocasión no se trata ni del Thyssen ni del Prado, sino del…
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El Museo de América
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Pues sí, que Madrid, pese a que pocos lo conocen y muchos menos lo visitan, tiene un Museo de América que es una auténtica pasada. Sito (¡joder, que culto!), sito, digo, ubicado (sí, tú arréglalo), bueno, pues que el Museo de América éste está en Ciudad Universitaria, al ladito mismo de la plaza de Moncloa, ¿me s’antendío’ ahora?
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Mmmmmm... Sí
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No, si encima tendrán razón los de clase y va a ser verdad “que hablo difícil”...
."Hablas rharho, rharho, rharho"
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En fin, a lo que iba. El Museo de América es uno de esos museos un poco inclasificables porque su colección abarca desde los más impresionantes restos arqueológicos hasta las más finas y delicadas obras de escultura y pintura del barroco de los virreinatos de la América colonial, pasando por infinidad de piezas y restos materiales de carácter antropológico que nos hablan de las culturas y pueblos precolombinos, su vida y costumbres antes de la llegada de los europeos al Nuevo Mundo. Algunas de las cosas que más me han impresionado siempre de la colección permanente son el Gran Calendario Maya, un disco de piedra de más de 2 metros de diámetro que se encuentra en una de las salas principales, o las cabezas humanas en miniatura de los jíbaros, un pueblo indígena de la selva amazónica que cortaba las cabezas de los enemigos vencidos en combate y les aplicaba una curiosa técnica de momificación por medio de la cual iban reduciendo su tamaño hasta parecer casi de juguete, de modo que las podían llevar siempre encima como trofeos.
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Cabezas reducidas de jíbaros del museo de América: ¡Listas para llevar!, jajaja (sí, a mí también me dan un poquillo de grima)

Pero bueno, quien esté interesado en todas estas cosas, que se acerque al museo a conocerlo personalmente, de verdad, merece la pena y animo a todo el mundo a que lo haga, pero sobre lo que yo iba a escribir hoy es sobre la exposición temporal que puede verse ahora allí:
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"Mantos para la eternidad: Textiles Paracas del antiguo Perú"

Es que fui a mediados de octubre y desde entonces tenía intención comentarla un poco en el blog, pero por unas cosas u otras, pues lo he ido soslayando (¡y dale con las palabras raras!), vamos, que lo he ido dejando de lado, y tenía que hacer este post ya, antes de que se me olvide lo que vi (no creo, pero si me descuido lo mismo acabo escribiéndolo cuando ya hubieran quitado la exposición, y menuda gracia).
.No te me cabrees, que aún no se ha acabado la exposición
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Paracas es el nombre de una cultura del Perú precolombino de en torno a los siglos V a. C. a II d. C. que se situaba en la costa sur del país, en la península de Paracas, de ahí que se la conozca con ese nombre. Fue descubierta en por Julio César Tello, el padre de la arqueología peruana, que entre 1925 y 1927 desenterró en la necrópolis de Wari Kayan 400 fardos funerarios. A partir de las diferentes características y los distintos restos materiales hallados en estos enterramientos se establecieron dos fases bien diferenciadas en la historia de esta cultura: Paracas Cavernas, que abarcaría aproximadamente los siglos V-II a. C. y Paracas necrópolis de 100 a. C a 200 d. C.
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Mapa de la península de Paracas con la situación de los yacimientos arqueologicos
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Es a esa segunda fase a la que pertenecen las ochenta tres piezas de la exposición. Se trata, básicamente, de los mantos funerarios y otros textiles que constituían la mayor parte del ajuar encontrado en los enterramientos, aunque también se incluyen algunas muestras de la curiosísima cerámica pintada de esta cultura y objetos ofrendados al difunto para su engalanamiento en la otra vida, como pieles de animales (hay una de zorro impresionante) sofisticadísimos tocados con plumas y, sobre todo, objetos de orfebrería hechos en tumbaga, una aleación de oro y cobre muy practicada por estas gentes.
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Muestra de cerámica pintada Paracas. Este cántaro antropomorfo tiene más de 200o años de antigüedad y representa la alegoría de un cactus del desierto con caracteres humanos

De cualquier manera, el grueso de la exposición y su mayor atractivo lo constituyen los textiles, especialmente los mantos, algunos verdaderamente impresionantes por sus colores, el detalle de los bordados y la sofisticación de la trama del hilado. Todos, sin excepción, son preciosos, y da bastante vértigo encontrarse ante estas telas y pensar que alguna de ellas tiene como 2100 años, y si no, es suficiente con recordar que las telas más antiguas conservadas en Europa son vikingas, de los siglos IX y X, y en un estado lamentable, lo único comparable a estos textiles Paracas son los linos encontrados en Egipto, de modo que no estamos ante ninguna minucia. No en vano es el clima desértico y seco de la península de Paracas, muy similar al de Egipto, lo que ha hecho posible la conservación casi milagrosa de estos textiles milenarios.
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Uno de los mantos más grandes e impresioantes de la muestra: sencillamente espectacular, no se puede describir, hay que verlo

Para entender qué eran estos mantos hay que tener en cuenta en primer lugar en que tipo de enterramientos se encontraron todas estas cosas: se trataba de pequeños fosos cavados en el suelo en los que se colocaba un fardo de aproximadamente 1’60 m. de altura y cuya situación era marcada con una vara clavada en el suelo, al estilo de nuestras lápidas. ¿Por qué un fardo? Aquí es donde entran los mantos. La cultura Paracas, al igual que otros pueblos precolombinos del actual Perú, practicaba una sofisticada técnica de momificación por medio del secado de los cuerpos sumergidos en la arena del desierto: colocaban el cadáver en posición fetal sobre un gran manto, cerrándolo después para que el cuerpo quedara perfectamente envuelto.
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¿Queda claro lo que es "posición fetal"?

A continuación, envolvían este primer manto dentro de otro, y este a su vez dentro de un tercer manto, y así sucesivamente hasta formar el mencionado fardo, y dentro, junto con los mantos y entre medias de ellos, iban metiendo otras cosas, como alimentos, vestidos, adornos y utensilios diversos de los que el difunto habría de servirse en la otra vida. Este gran fardo es lo que finalmente era introducido en los agujeros excavados en la arena del desierto, donde la presión y la sequedad del entorno obraban la momificación del cuerpo.
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Aspecto de unos de los fardos con su correspondiente momina encontrados en la necrópolis de Wari Kayan. En mi opinión es lo único que le falta a la exposición, porque no han traído ninguna momia enfardad como la de la imagen, aunque sí hay muy buenos dibujos ilustrativos

Algunos de los fardos llegaban a estar compuestos por más de sesenta mantos, mantos que podían ser de los más diversos tamaños, desde auténticas miniaturas que caben en la palma de la mano, hasta telas enormes de más de tres metros cuadrados, algo que también se repetía en los diversos vestidos que integraban el ajuar funerario del difunto: se han encontrado camisas y turbantes de tamaño natural, pero también prendas aparentemente preparadas para niños pequeños, casi recién nacidos, o ni siquiera eso, sino más bien para muñequitos. Todo esto se explica por la concepción que la cultura Paracas tenía de la vida de ultratumba, pues consideraban que la muerte era como el nacimiento a una nueva existencia, y si era un nacimiento, pues entonces uno nace pequeño y va creciendo, de modo que necesita la ropa y las demás cosas, primero de pequeño tamaño, para cuando el difunto es niño en la otra vida, y luego de mayores dimensiones a medida que se va haciendo mayor. Este proceso es lo que ellos llamaban “la conversión en ancestro mítico”, es decir, el difunto, una vez muerto, comenzaba en la vida de ultratumba un proceso por el cual pasaba de ser humano, de simple difunto, a ancestro mítico, una especie de semidiós admitido en el reino de las divinidades. Y este proceso de conversión es precisamente uno de los motivos preferentemente representados en los grandes mantos contenidos en los fardos, así, en ellos aparecen bordadas figuras antropomorfas que ilustran esa transformación del difunto y cómo éste va perdiendo sus rasgos humanos para adquirir alas, garras de rapaz (de cóndor) ocelos y rabo felinos (de puma y jaguar), pues la mayoría de los pueblos precolombinos concebía a las divinidades como seres zoomorfos con el aspecto de la flora y la fauna que constituían sus principales medios de subsistencia o que veían a su alrededor reinando en lo alto de la pirámide del mundo animal, de modo que el proceso de transformación en ancestros míticos no era sino una conversión en alguno de esos animales totémicos.
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Representación bordada del difunto en su proceso de conversión en ancestro mítico: se aprecian perfectamente las garras y alas de ave rapaz así como los bigotes y ocelos propios de los felinos andinos y amazónicos

Así mismo, pueden verse bordados en los mantos imágenes de guerreros, tal vez alusivos al papel del difunto en vida. Aparecen representados con largas cabelleras y máscaras que cubren su rostro. Muchos sujetan en sus manos cabezas cortadas, símbolo del triunfo en la batalla, pues acostumbraban a cercenaban las cabezas de los enemigos a quienes se había dado muerte en el combate.
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Bordado de un guerrero con rasgos zoomorfos. Cubre su rostro con una máscara y en una mano sostiene una cabeza cortada

Hay también bordada alguna representación muy curiosa de figuras que se autoinmolan en rituales de sacrificio a los dioses: en una mano portan un hacha o una especie de daga con la que se han abierto el pecho, y en la otra sostienen un abanico, que no es sino la representación alegórica del corazón, como si acabaran de sacárselo del pecho y lo ofrendaran a la divinidad. Precisamente hay en la muestra algún abanico de estos, que en los fardos se encontraron colocados justo a la altura del corazón de las momias.
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Personaje que se autoinmola y porta en una mano un abanico representativo del corazón que se acaba de extraer del pecho rajado

.De cualquier manera, encontramos igualmente mantos cuyos bordados sólo reproducen motivos geométricos o representan animales totémicos, como serpientes, grandes felinos, o tiburones, en disposiciones simétricas de ajedrezado. Hay uno muy curioso en el que incluso puede identificarse bordada la planta de la judía con rasgos antropomorfos, pues sin duda debía de ser considerada también como una divinidad en tanto que esta legumbre constituía una de las principales fuentes de alimentación de los pueblos precolombinos de Sudamérica.

Bordado que representa la planta de la judía con caracteres antropomorfos

Los fardos y las diferentes piezas encontradas en ellos constituyen una enorme fuente de información acerca de la vida y los poblamientos humanos en la región costera del actual Perú en una época tan antigua como veinte siglos antes de nuestra era, y han permitido conocer que nos encontramos ante una cultura que había alcanzado enormes sofisticación del trabajo y estratificación social, suficientes como para desarrollar un tipo de enterramientos organizados según un sistema de castas, o como para mantener una industria capaz de una manufactura textil en todos sus procesos, desde la recolección y preparado de las fibras de algodón y lana de camélido (yamas y alpacas), hasta el perfecto acabamiento de las telas y su decoración por medio de un sofisticado tipo de bordados, pasando por el tintado de las fibras y la confección de los textiles, algunos de tramas verdaderamente complejas, en telares. De cualquier manera, son muchas las cosas que aún desconocemos: se ignora, por ejemplo, que tipo de tinturas eran las utilizadas en el proceso de teñido de las fibras, o las rutas y extensión del comercio que la cultura Paracas desarrolló con pueblos de otras zonas, algunos tan alejados de su región como puede estarlo la selva amazónica, pues la utilización de algodón en los tejidos o la presencia de plumas de aves tropicales en los abanicos hallados en los ajuares, no dejan lugar a dudas de la existencia de fluidas rutas comerciales desde la propia selva, al otro lado de los Andes, únicas zonas de las que podrían proceder esas materias.
.Turbante como muchos de los hallados en el interior de los fardos: cosidos con una técnica especial, también estaban bordados con increíbles dibujos y representaciones geométricas de vivos colores. Muchos de ellos imitaban serpientes de doble cabeza
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Pues eso, que para no alargarme más sólo digo ya que hay que verla, que recomiendo esta exposición a quien tenga un poco de curiosidad y le gusten estas cosas parte arqueológicas, parte antropológicas, es interesantísima y, en mi opinión, merece mucho la pena, de verdad, a mí al menos me gustó (y es gratis, que en estos tiempos es un plus, ¿no?).
.¿Eso que llevas no es un manto Paracas, verdad?

sábado 7 de noviembre de 2009

La caja de Pandora

Bueno, creo que no voy a torturaros, sufridos lectores, con una tercera posta infumable casi sin preposiciones y llena de de frases breves y lapidarias sobre lo que hice el lunes pasado, más que nada porque incluso yo he acabado un poco hasta los huevos del experimento y creo que ya está bien, que en principio iba a ser sólo un post así, pero claro, la cosa se fue alargando y tampoco era plan marcarme una entrada de las largas, largas escrita en ese estilo, dos medianas, bueno, pero ya tres, pues como que no, básicamente porque como que se ha pasado la gracia de la ocurrencia, que era presentar un poco casi al minuto lo que hago un día de esos en los que no paro, pero bueno, admito que el lunes no fue precisamente normal y lo tenía un poco-muy saturado.
En fin, por si a alguien le interesa saber cómo siguió y acabó la jornada, pues lo resumo: llegué a Toledo sobre las 15:50 y me fui pitando al radiólogo, que me habían dado cita a las 16:20 para hacerme radiografías. Hasta ahí todo bien, pero es que también tenía que estar antes de las cinco en el alergólogo, que me tocaba empezar con el ciclo de vacunas de la alergia de este curso, y claro, yo todavía no he descubierto eso de estar en dos sitios a la vez (por favor, si alguien lo ha inventado, que me pase la receta, ¡por piedad!). A lo de las radiografías llegué a las cuatro, reventado y muerto de hambre. Por supuesto, no pasé a los rayos como hasta las cinco menos veinte, y en cuanto terminaron conmigo dije que ya iría luego a recogerlas y me largué al otro médico corriendo, y menos mal que no caía muy lejos porque estaba entrando por la puerta “in extremnis” casi a las cinco de la tarde ya. Me pincharon después de esperar un buen rato a que llegara mi madre a la consulta con la vacuna, que como era el primer día la tenía que llevar yo después de haberla recogido de la farmacia, pero evidentemente no la tenía porque no había pasado por casa y no me la podía haber llevado a la universidad cuando salí porque los frascos tienen que estar en frío, que si no se jode lo de dentro, y doce horas en mi mochila como que habrían dado para que los se calentaran un poquito ¿no? Bueno, que ya me estoy enrollando. Total, que entre esperar a mi madre, pincharme y el tiempo que siempre me toca quedarme después allí por si hace reacción la vacuna, pues como que no llegué a casa hasta las seis y media. Entonces a por fin “comí” algo en condiciones: me hice un bocadillo de foi-gras (¡¡¡me necanta!!!), tomé fruta y me bebí un tetrabrick entero de leche (¡¡¡me encanta!!!), y luego ya pude sentarme en mi habitación, que tenía bastante que hacer porque en clase al “Sustituto buenorro” no se le ocurrió mejor idea que el que corrigiera yo, y claro, como soy tonto perdío’ y necesitaba lucirme, pues me cepillé en media hora la traducción que había calculado para dos días en función de lo que corregimos normalmente en clase (cuando les toca a los otros, claro, que van lentos a más no poder). No hay ni que decir que mis compañeros quisieron apuñalarme a la salida… Y además, como soy un poco masoca y se ve que no me había cansado suficiente con tanto paseo por la mañana, pues no quise perdonarme mi sesión de abdominales, que el lunes me tocaba, así es que nada, me puse con ello sobre las ocho y media, luego ya me duché y cené y seguí traduciendo un rato hasta las doce, hora en que ya lo dejé porque no podía más y necesitaba acostarme, aunque confieso que aún se me pasó por la cabeza escribir algo en el blog, pero como que abandoné la idea nada más encender el ordenador, de modo que mandé un mail que tenía pendiente y me acosté, que el martes también me tocaba levantarme a las 5:25.
Pero bueno, que de lo que quería escribir hoy es de la película que vi ayer en el cine, y es que, en contra de lo que comentaba en la entrada anterior, al final sí que pude ir ayer al cine, y menos mal, porque después de la semana demencial que he tenido me hacía bastante falta para desconectar un poco de todo y relajarme algo, así es que escudriñé entre mis AIMES (“Ahorros Intocables de Máxima Emergencia”) y me marché al centro comercial del quinto pino donde tengo los cines más cercanos dispuesto a ver lo que fuera. Y se nota que esta semana no estrenaban nada mega publicitado pensado para el consumo masivo de preadolescentes descerebrados porque no había cola en taquilla como sí me he encontrado en otras ocasiones.
La verdad es que iba yo con la idea de ver la nueva de Maryl Streep, que pese a haber oído que no es nada del otro mundo, pues en esta bloga somos muy fanses de la Streep y todo lo que hace esa diosa de la interpretación nos encanta, pero la sesión se acababa cuando ya no hay autobús para volverme a casa, de modo que la dejé para el finde que viene. La otra que me interesaba, “The Box”, aquí no la han estrenado, pero bueno, tampoco es que tuviera muchas ganas de verla, que es un poco como de terror y a mí esas no me van mucho (sobre todo teniendo en cuenta que 99 de cada 100 veces que voy al cine lo hago solo), pero vamos, más que por otra cosa me apetecía varla por James Marsden, el protagonista, que desde que lo vi por primera vez en Ally McBeal en los tiernos años de mi lúbrica pubertad (ufff! cuánto empieza a hacer ya de eso…), pues como que lo tengo en el altar de mis mitos eróticos y de ahí o se me cae, no señor…
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James, ¿qué es lo que haces en el pajar?
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Pero por esa regla de tres acabé viendo:

Pandorum

Vi el trailer hace unos meses y la verdad es que la ponían de pasar mucho, mucho miedo, y como decía arriba, a mí eso me tira bastante para atrás. Pero también vi a dos de los protagonistas y…

Ben-vaya-par-de-ojazos-Foster y...

Cum, perdón, Cam Gigandet

Y bueno, en fin, que uno es humano, y la carne es débil y todo eso...
La película pertenece a esa especie del subgénero “thriller espacial” surgido a la sombra del fenómeno “Alien”: En el siglo XXIII una gigantesca nave espacial con miles de personas a bordo es enviada desde la Tierra (en las últimas por la contaminación y la superpoblación) para colonizar un planeta de características similares al nuestro. Hasta aquí todo bien, pero esto es sólo el prólogo, porque la película verdaderamente empieza cuando uno de los miembros de la tripulación, el cabo Bower, despierta de su hibernación de ocho años, en teoría para empezar su turno al frente de la nave junto con el resto de miembros de su equipo, pero allí todo está oscuro, no funciona nada, no se ha despertado nadie más, y lo mejor de todo, la hibernación produce amnesia, por lo que el pobre cabo no es que no recuerde lo que hay que hacer, es que no sabe ni quién es, ni dónde está, ni nada de nada, arranque verdaderamente inquietante y, en mi opinión, lo más conseguido del film: la atmósfera de desasosiego que se crea en estos primeros minutos de metraje y la desconcertante y angustiosa secuencia en que el protagonista despierta en su cabina de hípersueño consiguen pegarte a la butaca y dan la sensación de que, verdaderamente, en las próximas dos horas vas a ir de sobresalto en sobresalto, pero la verdad es que la cosa se desinfla enseguida y luego no es para tanto, y lo digo básicamente porque yo soy de asustarme mucho y fácilmente con una peli y con ésta, pues como que no.

Como para no angustiarse si te despiertan así, ¿verdad Ben?

No digo que no hubiera momentos en que estaba intranquilo y con la incertidumbre ésa de “¿a ver qué pasa ahora?”, pero ya está, desde luego que miedo, miedo, a mí no me dio, y eso que a medida que avanza la película las cosas parece que van torciéndose pero que mucho, mucho: el cabo al principio está completamente solo, aunque luego se despierta también el que parece ser su superior, el teniente Payton, al que, por supuesto, no recuerda. Nada funciona, allí no parece haber nadie más, del equipo encargado del turno anterior y que debía darles el relevo no hay ni rastro, la macro nave da muestras de estar en las últimas, todo está acojonantemente oscuro, pues casi no hay electricidad, por lo que tampoco pueden abrir las puertas y están bloqueados en la sala en que han despertado.

¿Toda mala situacón es susceptible de empeorar? Ahora verás...

Ante este panorama, deciden que hay que poner en marcha el reactor principal para que aquello rule y puedan llegar al puente de mando a ver qué coño ocurre, y para salir de allí Bower se mete por las tripas de kilómetros de cable de la nave mientras Payton le guía, y es entonces cuando todo empieza a liarse de verdad, porque una vez fuera ya de donde estaban metidos, es decir, por el laberinto de corredores de la nave, el cabo se da cuenta de que no están tan solos como parecía y de que por ahí hay otras cosas que al principio no vemos muy bien, y mejor, la verdad, porque se parecen a los vampiros de Buffy y son bastante asquerositos.

Este no es de la peli, es de Buffy, pero son primos hermanos, jajaja

-No son tíos- le dice un tembloroso Bower al teniente Payton por el interfono, y se supone que es cuando debemos empezar a pasar miedo del bueno, pero como digo, la cosa no va más lejos de moverte un poco en la butaca y ya está, no es en absoluto para tanto.
El título de la película “Pandorum”, se reifere a una especie de cuadro psicótico que sufren los tripulantes de la nave debido a las condiciones de aislamiento en el espacio y la enorme presión de tener que llevar aquello a su destino. Les entran temblores, tienen alucinaciones y demás, aunque me parece a mí que con la que tienen montada allí dentro, pues como que el “pandorum” éste es lo de menos.
En fin, que como no voy a reventar la peli, no cuento más del argumento. Por lo que se refiere a los aspectos técnicos, pues bueno, la verdad es que en cuanto a efectos especiales y demás no es que hayan echado los restos: la cosa es bastante cutrecilla, la música, que es lo que verdaderamente consigue que una película de miedo te acojone de veras, es muy simplona y no da con el ambiente adecuado para este tipo de film, pero las interpretaciones sí están bien, a mí al menos me han satisfecho. Ben Foster, algo conocido porque hizo de Ángel en “X-Men III, La decisión final”, está muy bien en su papel de “héroe por las circunstancias” que no tiene ni idea de lo que hay que hacer, aunque lo mejor son las caras de miedo que pone el pobre.

¿A que acojonan, Ben?

Denis Quaid interpreta a su superior, el teniente Payton, y bueno, la verdad es que ya se le van notando los años al pobre (tiene 55), que cuando se despierta de la hibernación en su cabina se le ve hasta fondón, pero también está correcto en su papel.

¿Te he contado lo que es el pandorum?

De cualquier manera, el que se lleva los aplausos y se come la película él solito es Cam Gigandet, el cabo Gallo, que da bastante más miedo que las cosas ésas que andan rondando ahí sueltas por la nave. Que conste que no lo digo porque el señor Gigandet es tan guapo que duelen los ojos de mirarlo...

Ufff!

... está más bueno que todos los tíos buenos que me vienen ahora mismo a la cabeza (quitando a Bryan Thomas, hombrepordiós!)...

Ufff! Ufff!!

...y tiene un polvazo de agárrate y no te menees...

Ufff!!! Ufff!!! Ufffffffffffff!!!!!!!!!!!!!!!

...sino porque de verdad que le va muy bien el papel de chico malo loco perdido, es que el tío lo borda.

Si yo soy tú y tú eres yo, ¿quién está más loco de los dos?

El guión en general, como el argumento, un poco flojillo, y la verdad es que si uno se pone a razonar ciertas cosas, pues como que se le pueden sacar a la peli cientos de fallos: ¿Por qué coño, de un momento a otro en que está hablando el cabo Gallo tan tranquilo y nos intenta acojonar, empieza a sangrarle la nariz y pasamos de esto:

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A esto:
.Y no, este comentario no es una excusa para poner más fotos del mozo, que yo para eso no necesito excusas, ¿¡qué os habéis creído!?

¿Y cómo pueden estar tan buenorros y cachas unos tío aislados en una nave en medio de sabe Dios dónde, sin nada que comer y después de años de hípersueño?... Pero bueno, si nos ponemos así todas las pelis estan mal hechas por algún lado, y de lo que se trata es de que entretengan y ya está, y ésta de "Pandorum" entretiene, a mí por lo menos me hizo pasar el rato y no me aburrí en ningún momento, de modo que “misión cumplida”, porque eso es precisamente para lo que pago yo la entrada. Así es que nada, pese a algún que otro descuido y sinsentido poco verosímil, que es lo peor, pues la peli no esta mal, eso sí, no como película de terror, sino más bien como thriller inquietante de ambiente espacial y ya está. Y lo mejor, Mr. Gigandet, clarostá'.

¿Me enseñas bien el tatuaje, Cum, digo Cam?

viernes 6 de noviembre de 2009

Medio día: Azul claro - Gris

13:03...Fin de la clase, con retraso, por supuesto, no falla: si tengo prisa siempre acabamos tarde. Voy, corriendo no, volando a la biblioteca a devolver un libro. En la puerta una profesora me entretiene. Me habla. La escucho. Termina de decirme lo que quiere y desaparece dentro de un despacho. Consigo entrar por fin. No entrego el libro, se lo tiro al pobre bibliotecario y salgo de allí pitando sin esperar siquiera a que me digan que tengo tres días de multa por moroso. Bajo al primer piso a la velocidad del rayo. Veo la fuente. Tengo sed. Bebo. Miro el reloj: las 13:07 y necesito que estar en Fuencarral 80 antes de las 14:00 ¿Problema? Que, como siempre, no pienso ir ni en autobús ni en metro: ¡a correr!
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13:07 – 13:54. Desde mi facultad al puto estanco de Fuencarral 80: Avenida Complutense, Avenida del arco de la Victoria, calle de Isaac Peral, Fernando el Católico, Guzmán el Bueno, Rodríguez de San Pedro, Blasco de Garay, Alberto Aguilera, glorieta de Ruiz Giménez (aka: metro San Bernardo), calle de Carranza, Glorieta de Bilbao y Fuencarral. Entro sin aire en el estanco. Me siento un poco Rambo, que siento que “no siento las piernas”. A mano izquierda: señorita, joven, bien vestida, muy guapa (me parece, aunque he de confesar que en eso nunca termino yo de estar seguro, jajaja), muy amable. Se me acerca -¡Hola!- sonrisa Trident (sin azucar), y menos mal que llevo las gafas de sol puestas, si no, me ciega el resplandor. -¿Fumas?-. Entre sus manos y mi cara, bandeja llena de cajetillas de tabaco azulgranas con letras plateadas (sólo les falta el escudo del Barça). Yo, la miro estupefacto. Pienso: “27 minutos de la universidad al centro andando, ¿acaso puede hacerlo un fumador?” Aún no respondo nada. Estoy sin aire, sin aliento (será el cigarro que me acabo de fumar), y ¿he mencionado ya que me duelen las piernas? “Si vendieras flúor, pasta de dientes o cepillos, te forrabas, chica, pero cigarros… conmigo al menos no (pero si quieres puedes pasarme el número de tu dentista). Si fueras tío y estuvieras, bueno no, buenísimo, si que le daba una calada (o dos) a tu cigarro, pero en estas circunstancias, ¡por favor! No sé por quién coño me han tomado (se nota que no he comido nada desde las cinco menos cuarto de la mañana y que empiezo a estar cansado ya, pero que muy cansado)”. -No, lo siento, no fumo- respondo juntando en mis pulmones con esfuerzo titánico el suficiente aire para articular tan ingeniosa frase. -¡Pues haces muy bien!- exclama entusiasmada la chica Happydent, arrancando de la estanquera una mirada asesina desde su mostrador, al tiempo que se lanza sobre el pobre incauto que acaba de entrar detrás de mí al estanco: -¡Hola! ¿Fumas?...-. Vuelta a empezar. Seguro que éste pica, ya verás.
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¿Me das un calada?
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13:56. Formulario de solicitud: relleno. Foto carné: con nombre y apellidos. DNI: fotocopiado. Fotocopia del título de familia numerosa: compulsada. Le entrego todo a la estanquera. -Tiene que pagar 1’20 €- me dice. Pago. -¿Cuándo podría venir a recogerlo?- yo. -¡Huy!- ella, -más o menos dentro de un mes. Está tardando mucho ahora lo del abono transporte-. ¿¡No?! Pues menos mal que me lo aclara, que ya iba a decir yo: “¿Un mes? ¡Menuda rapidez!”. ¡Joder! Otras cuatro semanas de metro y autobús. Me da a mí que en noviembre tampoco ahorro.
13:58. Salgo del estanco y tiro calle abajo. No llevo prisa ya pero tampoco voy despacio. A veces pienso que me gusta ir por Fuencarral para mirar escaparates (“ir de miranda” llama a esto mi hermana la mayor. -Para diferenciarlo de “ir de compranda”, ¿no?- le digo siempre yo), pero no, en realidad lo odio (cruzar entera Fuencarral): G-Star, Burberry, Adidas, Jack & Jones… ¿acaso alguien disfruta torturarse viendo todo cuanto le gusta, cuanto querría pero no puede comprar), yo al menos no, ¡por favor! Que mi nivel de masoquismo no me da para tanto. Paso el “Mercado de Fuencarral”. Esquina de la tienda de Puma (¡ni se te ocurrar mirar las zapatillas!), giro a la izquierda y me voy para Hortaleza: va a ser verdad eso de que la cabra tira al monte, ¿no?
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14:00. ALTO. STOP. HALT!!!!! Frenazo en seco casi en Gran Vía ya. Hortaleza 2. Una librería. En la puerta, mesita con libros en oferta (tan exacta puntualización del escenario es idea, sugerencia y propuesta de Nyc, de modo que del éxito o pesadez de tal recurso han de pedirse cuentas al antedicho bloguero, también librero, por eso hago esta mención aquí, que pega): ¿Libros de oferta (“¡todos a 4€!”, reza el cartel) en una mesa a pie de calle, a la puerta de la tienda? La de los cigarrillos y sonrisa Colgate no pudo antes conmigo, me resistí a sus armas de mujer, a la de los libros no le ha hecho falta mover un solo dedo: antes de darme cuanta ya era suyo (no quiero imaginarme si tras el mostrador, en vez de una librera, hay un librero…). Revuelvo. Rebusco. Miro. Cojo los libros de dos en dos, de cinco en cinco. ¡Me faltan manos! Encima de una torre, “Las Leyes” de Cicerón. “Tú estabas esperándome, ¿verdad?” pienso. Algo más escondido, debajo de unos cuantos “La República” de Platón. Mucho me temo que no había mejor cebo para peor pez... Agarro mis hallazgos con avaricia irreprimible intentando casi esconderlos entre mis manos (¡Mi tesooooroooo!) y sigo escarbando más y más, pero ni más encuentro ni tengo más dinero. Entro. Pago religiosamente (amén) los 8 €. ¡Marcapáginas de regalo! Rapiño para mi colección todos los que puedo y me marcho. Adiós. Intento no pensar en lo que me he gastado y me consuelo con que “son ediciones buenas bien traducidas por buenos traductores que en la librería de la facultad cuestan entre las dos no menos de 25 €”, Pero no consigo sacar de mi cabeza que en esos 8 € “iba mi entrada al cine de este finde”.
14.07. Al fondo del andén del metro de Gran Vía. Línea 1, la azul clarito. 1 Minuto para que llegue el tren, un minuto del metro de Madrid, que vienen a ser diez en el resto del mundo. No llevo prisa, que tarde: el autobús no sale hasta las tres. Estoy de pie. Me canso (he comentado ya que me duelen las piernas). Me siento. Tengo hambre (he comentado ya que no voy a comer). Busco en mi mochila: el libro de Polibio. Mis cuadernos. Las vidas de Sartorio y de Pompeyo. Las Historias de Tácito. Dos Plátanos (he comentado ya que me encantan los plátanos). Me encanta comer plátano. Hasta que llegue a casa es lo único que voy a poder tomar. Después de todo el día en la mochila están un poco blandos. Y negros. Y algo espachurrados. Me da igual. Sacó uno de la bolsa. Lo pelo. Llega el tren. El vagón, atestado. Entro no, me entran (he comentado ya lo mucho que odio el metro). La única preocupación de la mujer que hay delante de mí y me está pisando es que no la manche con el plátano. Me lo meto entero en la boca (mmm, qué bueno...). Me mira con alivio ella (y algo de envidia: a ella no le cabe ese plátano en la boca). Yo meto la mano, meto, la mano, en mi cartera y saco mi segundo plántano: más grande (¡perdón!, mayor), más negro, pero igual de blando que el plátano anterior. Lo pelo. Voy metiendo la cáscara, reblandecida, en una bolsa. La mujer me mira, no, me vigila: se quiere asegurar de que voy a comérmelo (o no, que lo que quiere ver si voy a ser capaz). Visto y no visto. Pa' dentro. Apenas dos bocados (bueno, uno y medio). Y pese a ello en el vagón aún huele a plátano.
.Me gusta el plátano. Mucho
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14:11. Vagón de metro. Línea 1. Parado. Andén de Sol. Se abren las puertas. Sale un tropel de gente. Salgo con ellos yo. Tiro la bolsa llena de cáscaras de plátano en una papelera. Vuelvo al vagón. Pitido y cierre de las puertas. En marcha el tren.
14:17 – 14:33. De Gran Vía a Pacífico. Cambio de línea: la 1 por la 6. Azul calro por gris ¿se ha nublado el cielo?
14:41. Plaza Elíptica: Aquí me bajo yo. A veces (otras veces), he subido del andén a al autobús en menos de un minuto. Esta vez no, ni tengo tanta prisa ni billete: toca pasar por la taquilla.
14:43. Piso primero del subsuelo del intercambiador. Puerta número 7. Casi nadie esperando. Me siento a esperar yo. En ocho minutos llegan más de vente personas mientras leo. No llega el autobús.
14:55. Dársena tras la puerta número 7 del primer subsuelo del intercambiador de Plaza Elíptica. Llega el autobús. Luz verde en puerta. “No salir a la dársena hasta que haya llegado el autobús”, nos dice la pantalla que sobre hay la puerta. Ni horarios. Ni retrasos. Ni coches cancelados. Sólo nos dicen que hasta que llegue el autobús no salgamos por una puerta que no se puede abrir hasta que el autobús llega. Entrego mi billete al conductor. Lo pica. El autobús, vacío. Cojo, asiento no, asientos: está vez sí que me pongo en dos. Y tan contento.
15:00. Mismo número de dársena en mismo subsuelo de mismo intercambiador de cinco minutos antes. Autobús, medio vacío: no se ha llenado entero (vaya tautología me acabo de marcar). Voy, sentado no, tirado entre los dos asientos de delante de la puerta trasera. De acompañante al lado: mi mochila y mi abrigo. Saco mi libro. ¿Leo? Sí. No. Lo intento, pero estoy cansado, medio muerto, no he comido y me entra el sueño. Me duermo: zzz…
.zzzzzzzzzzzzzzzzzz...