Y hoy… VOLVEMOS AL PRADO!!!!
¡Pero niña! Si aún no sabes de lo que voy hablar…Es que no se puede con esta juventud, no les has dicho aún nada y ya están disgustados. Por lo menos, antes de gritar, berrear y salir huyendo por patas, esperad a que cuante de que va lo de hoy, que no, que por difícil que parezca, no va a ser una visita al Prado larga, larga y coñazo a las que ya he arrastrado al personal antes por aquí, esta vez no, esta vez nos vamos de exposición.
¡Eso está mejor! Tú sí que entiendes. Luego te doy un plátano..

Pero antes hay que estar antentos...
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Maíno.
Biennnnnnnnnnnn!!!!!!!.
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¿Quiénnnnnnnnnnnnnnnn?.
Mira, Ana Rosa!! parecido a lo tuyo: un caso de autoría dudosa.
Felipe II, el monarca europo más poderoso de su tiempo. Tras la muerte en 1578 de su sobrino, el rey de Portugal Sebastián el Joven, hizo valer sus derchos sucesorios sobre el trono del país vecino, del que tomó posesión finalmente en 1581..
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Catel publicitario de la exposición con el que han empapelado todo Madrid y para el que se ha escogido un detalle de "La adoración de los Magos", de Maíno. Queda pantente la maestría del pintor y su percia a la hora de captar la fisonomía y el físico característicos de los habitantes del África negra, con quienes el artista estuvo en contacto durante los viajes que en su infancia realizó acompañando a su familia en los negocios del padre.
"San Juan Bautista" de Maíno: El gusto obsesivo por el detalle naturalista de Caravaggio será una influencia permanente en la obra de Maíno, especialemente en lo referente a la representación del paísaje, que en sus obras tempranas presenta ya las características propias de lo que se configurará como el paísaje barroco: espacios idealizados con profusión de elementos acuáticos como ríos o lagunas, salpicados de una vegetación exuberante y umbrosa y con notas de arquitectura de gran pintoresquismo.El "San Juan Bautista" de Maíno, del Kunstmuseum de Basilea, y el "David con cabeza de Goliat", de Caravaggio, del Prado. Al contemplar ambas obras juntas en la exposición no es difícil entender el error en la atribución al gran Caravaggio de este "San Juan Bautista", salido realmente de los pinceles del no menos genial Maíno.
Los Carracci, máximos representantes de la conocida como Escuela Boloñesa (por ser originaria de la ciudad italiana de Bolonia, como los spaghetti, jajaja), tuvieron también un gran protagonismo en la configuración artística de lo que será el barroco italiano, practicando en su pintura una revisión de los estilos clásicos, ya anticuados. Para los Carracci, que influirán en Maíno de forma decisiva, primaba una preocupación casi científica por la plasmación de la realidad y una pintura en la que es primordial un dibujo seguro, apoyado en la observación de modelos del natural.
"Magdalena penitente" de Maíno: La profusión en el estudio del natural para la representación del paísaje es una de las mayores influencias que acusa Maíno de los hermanos Carracci y otros modelos lombardos, hasta el punto de que, al igual que los maestros del norte de Italia, llega a aproximarse en la representación del paísaje a cotas de detalle más propias de la pintura flamenca que de los modelos de los países mediterráneos.
"María Magdalena": Mientras las figuras masculinas de Maíno se caracterizan por su realismo y grandes proporciones, acentuados por un exahustivo estudio anatómico y una voluminosa musculatura, las femeninas remiten siempre a modelos de gran belleza claramente idealizada y que se han relacionado con la pintura de su contemporaneo y amigo, el pintor Orazio Gentileschi.En 1612 Maíno recibió el que sería el más importante encargo de su vida: las pinturas del retablo de la iglesia del convento de San Pedro mártir de Toledo. Un inmenso programa iconográfico de cuadros de tamaños y formatos diferentes en torno a las cuatro Pascuas de Cristo y los santos venerados por los dominicos que habitaban el convento. Un total de más de diez lienzos que representaban a “María Magdalena penitente”, “San Juan Evangelista en Patmos”, “Santa Catalina de Siena”, “La Adoración de los pastores” o “La Adoración de los magos”, entre otros. Los dos últimos, situados originalmente en el centro del retablo junto con “La Resurrección” y “Pentecostés”, son auténticas obras maestras de la pintura española del XVII y, sin duda, la cumbre de la producción de Maíno y lo mejor de la exposición: la exuberancia del detalle, el manejo del claroscuro, la expresividad de unos rostros que parecen querer salirse de los cuadros, el tratamiento de las telas y diferentes texturas de los vestidos nos revelan a un maestro consumado que domina perfectamente la tarea del pintor y maneja de forma prodigiosa todos los recursos a su alcance. Se trata de dos cuadros que atrapan al visitante con el magnetismo hipnótico que sólo desprenden las grandes obras, solamente por el hecho de poder admirarlos merece la pena acercarse a la exposición.
"La adroración de los pastores" del convento de San Pedro mártir, una de las joyas de la exposición. Sin duda el mejor de cuantos lienzos pintó Maíno con el mismo tema. Está lleno de detalles y notas realistas que dotan a la composición de una sensación de vida y movimiento increíblés: la marcada y bien estudiada musculatura del pastor del primer plano (que el autor repite en otras de sus obras), las plumas de las alas de los ángeles de la parte superior, la suciedad de la planta del pie del chico que toca la dulzaina, el vaho que sale de las fosas nasales del buey...La realización del las pinturas para el retablo de San Pedro mártir ocupó a Juan Bautista Maíno hasta 1614, dos años, que a mí, sinceramente, me parece un tiempo record para la calidad del trabajo que realizó, pero en la exposición te dicen que se demoró conforme a lo previamente establecido en el contrato, retraso justificado por el hecho de que, mientras pintaba en la iglesia y los monjes cantaban, pues debió de gustarle el ambiente porque al tío le dio por hacerse monje también y decidió ingresar en el convento éste como dominico, hecho por el cual a partir de ese momento la actividad artística del pintor se vio notablemente reducida, lo que explica que su producción apenas alcance las cuarenta obras, treinta y cinco de las cuales están presentes en la exposición. De cualquier manera, no fue mucho el tiempo que permaneció en el convento toledano, pues en torno a 1617 fue llamado a la corte en Madrid para ser profesor de dibujo del entonces príncipe de Asturias y fututo Felipe IV, ahí es na’, con el que acabará entablando una amistad que perdurará hasta su muerte. De hecho, una vez hubo subido al trono, el rey convirtió a Maíno en asesor artístico de la corte, y como tal, en 1627 fue el juez presidente del tribunal que arbitró el concurso de pintores convocado para el puesto de pintor de corte y que ganó un jovencito sevillano llamado Diego Velázquez, al que aconsejó mucho y con el cual también llegará a establecer una estrecha amistad.
La otra pieza estrella de la muestra es "La adoración de los Magos" pintada también para el retablo de "Las Cuatro Pascuas de Cristo" del toledano convento de San Pedro mártir. La perfección a la hora de reflejar las diferentes texturas de las telas de los personajes así como el manejo del claroscuro para crear un espacio lumínico complejo y que llena la escena de un movimiento casi teatral, revelan a Máino como un consumado maestro que ya en esta época domina todos los secretos de un arte que practica con factura impecable.
La ciudad de Bahía de Brasil (hoy, Salvador de Bahía) fue ocupada por los holandeses de las Provincias Unidas en 1624, siendo expulsados un año más tarde por Fadrique de Toledo y Osorio, capitán general de la Escuadra del Océano, representado en el lienzo ofreciendo una imagen de Felipe IV a los vencidos en la batalla. Maíno realizó una obra de composición enormemente novedosa para el momento y muy alejada de los modelos habitualemente utilizados en los cuadros de temática de guerra o triunfo militar: sitúa el punto de fuga en un horizonte de perspectiva muy elevada en el que se identifica la geografía del lugar, con la bahía surcada por los galeones españoles en un plano más proximo, y la ciudad al fondo. Al mismo tiempo, el cuadro está plagado de referencias simbólicas de hondo significado: la magnanimidad del monarca, encarnada en el perdón a los vencidos, así como la otra cara de la moneda de la victoria en la guerra: las penosas consecuencias que ésta tiene, reflejadas en el herido del primer plano del lienzo, que es atendido mientras lo observa una mujer que sostiene a un niño en brazos, clara alegoría de la Caridad
Ésta de “La recuperación de Bahía de Brasil” es una auténtica rareza en la producción de nuestro pintor, no sólo por el tema bélico que presenta, sino también, y sobre todo, por el hecho de no ser una pintura religiosa, pues a estas alturas cualquiera se habrá dado cuenta ya de que Maíno fue, básicamente, autor de cuadros de temática religiosa, de hecho, en su producción tan sólo encontramos dos obras de carácter profano, ésta encargada por el rey para el Salón de Reinos, y un “Retrato de caballero anónimo”, uno de los únicos cuadros que firmó y en el que demuestra una asimilación perfecta de los tipos del retrato flamenco y su gusto por el detalle minucioso y la captación psicológica del modelo, tan en boga en ese momento en los países del norte de Europa, así como también acusa en este retrato una cierta influencia de los patrones establecidos por El Greco en su taller de Toledo y que Maíno tuvo oportunidad de conocer muy de cerca en su etapa en la antigua capital.
Una de sus únicas obras firmadas, este "Retrato de caballero" no sólo revela que Maíno llegó a ser un retratista consumado, sino también que nuestro pintor había asimilado perfectamente los tipos característicos que una generación atrás practicara El Greco en Toledo, así como las señas propias del retrato flamenco, que, por encima de todo, buscaba la captación psicológica del modelo.La exposición se cierra con una obra inacabada y, pese a ello, magistral: el retrato de un hombre de edad avanzada, a lo que parece, un monje. Expresión dura, facciones graves, barba cana de tres días, a duras penas apreciamos una cabeza perfectamente perfilada que parece querer esconderse en la vaporosa capucha blanca del hábito monacal, pero la intensidad con que ese rostro, apenas esbozado, nos clava su mirada azul, sitúa a este retrato a la altura de algunas de las mejores obras del género que atesora el Prado, y eso son palabras mayores. No se sabe quién es el modelo, aunque los expertos apuntan a una hipótesis que no parece descabellada: el propio Juan Bautista Maíno, por lo que estaríamos ante un autorretrato del pintor en sus últimos años, poco antes de su fallecimiento en Madrid en 1649.
Impresionante retrato que de un monje que desde su anonimato (¿será Maíno?) nos observa con mirada penetrante. El brillo de unos ojos que persiguen al espectador, las arrugas de la sién y la ceja elevada dotan a este rostro de un aire interrogante e inquisitivo que, en cambio, no dejan lugar a dudas sobre la genial maestria de quien los pintó.Del precio ya no hablo porque en realidad no lo sé, que yo al Prado entro siempre gratis (bueno, casi siempre, que con Sorolla me atracaron), pero seguro que no es cara, y una caña cuesta más, que lo sé yo, jajaja.
¿No te habrás cansado, verdad?
Ah!! que ya se me olvidaba, lo prometido es deuda, vuestro plátano:
Debe de ser de Canarias, por las pintitas, digo yo, ¿no?



No tengo costumbre de quedarme a estudiar en la facultad después de clase, no me gusta mucho. Por lo general yo trabajo con una media de cinco diccionarios (entre otros tochazos), a veces más, y no es plan cargar todo el día con ellos en la mochila. Es cierto que en la biblioteca de la facultad hay diccionarios para parar un tren, pero no me gusta mucho meterme ahí a estudiar, traducir, pasar apuntes o lo que sea que tengo que hacer en cada momento: las sillas son incómodas, la gente entra y sale constantemente, muy de vez en cuando empieza a sonar la alarma porque no han desmagnetizado bien un libro, o más frecuentemente, porque alguien intenta llevárselo a escondidas (sí, hay mucho chorizo en esto de la filología). De cualquier manera, algunos de los días que me quedo por la tarde en Madrid, si, por lo que sea, lo que tengo que hacer no es hasta avanzada la tarde, pues evidentemente sigo después de clase en la facultad y aprovecho el tiempo de entremedias hasta que llegue la hora de lo que haya planeado. Nunca me quedo en la biblioteca de clásicas, la nuestra, saco unos 4 Kg. de diccionarios y me bajo a trabajar a la de biblioteca de inglés y francés. Supongo que éste es el punto en el que tengo que aclarar que en el edificio de mi facultad hay cuatro bibliotecas (casi que una por alumno, porque somos cuatro gatos, jajaja): la que llamamos general, que es la mayor y habitualmente está petada, por lo que nunca voy salvo a sacar libros que solamente están allí. La de filosofía, que no es muy grande pero que siempre está llena porque, por alguna estúpida razón, todo el mundo va a meterse en ella; creo que tiene que ver con que hay unas tías de derecho que acostumbran a ir a allí a estudiar, bueno, a estudiar no, hacen pase de modelos: llevan faldas de ésas que parecen cinturones, botas de tacón hasta las rodillas, de modo que hacen las veces de pantalón y las chicas no pasan frío, y una especie de camisas de pseudo tela, tan fina que da la impresión de que compiten a ver cuál de ellas consigue venir casi sin ropa y parecer que está vestida. Tiene su gracia, la verdad, no voy a negarlo, sobre todo porque se ponen todas en una fila de mesas del fondo, y detrás de ellas, mirándoles las bragas, que por supuesto asoman por encima de la falda (perdón, del cinturón) están todos los tíos de la biblioteca babeando mientras hacen que leen el código penal o intentan resolver problemas de lógica. La tercera biblioteca es la mía, la de clásicas, al fondo del pasillo del departamento de latín. Ya no nos caben los libros y parece ser que del peso de todos los que hay el suelo se está hundiendo en el techo de la biblioteca de filosofía, que está justo debajo, por ello los libros nuevos los llevan a la general, y es una mierda: en cuanto te descuidas el libro que buscas está allí y toca bajar del tercero al primer piso y cruzar al otro extremo del edificio. La última biblioteca es la de lenguas modernas, aunque la conocemos como la de inglés y francés. Está en el sótano de ala de la izquierda, debajo de la general y enfrente del archivo, y ahí es donde me meto cuando me quedo a estudiar: es tranquila, la puerta está lejos de los puestos de estudio y de lectura, casi siempre está vacía, ¡no hay ni dios! y cuando hay gente, son todos de otras carreras, por lo que no corres el riesgo de tener que andar saludando a alguien cada dos por tres o de que te molesten con las preguntas más estúpidas que quepa imaginar (un día un compañero me preguntó si “nacarado” significaba “de terciopelo”!!! creo que nunca me ha costado tanto no reírme de alguien en su cara), y lamento parecer un asocial, pero cuando yo me siento a trabajar y estudiar, me abstraigo, y no me gusta mucho que cada cinco minutos me saquen mi abstracción. 






































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