martes 10 de noviembre de 2009

Textiles Paracas

Señoras, señores, señoritas, señoritos (qué mal suena ¿verdad? pero es por eso de la igualdad, no se me vaya a enfadar la ministra)
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No me enfado
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¡Gracias Bibiana! Hoy, con todos ustedes, posta museológica.
.Arghhhhhhhhhhh, NOOOOOOOOO!!!!!!
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¡Cómo que no! Claro que sí, que hace ya tiempo que no amargo al personal con una de éstas, además, os va a gustar, que lo sé yo, que en esta ocasión no se trata ni del Thyssen ni del Prado, sino del…
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El Museo de América
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Pues sí, que Madrid, pese a que pocos lo conocen y muchos menos lo visitan, tiene un Museo de América que es una auténtica pasada. Sito (¡joder, que culto!), sito, digo, ubicado (sí, tú arréglalo), bueno, pues que el Museo de América éste está en Ciudad Universitaria, al ladito mismo de la plaza de Moncloa, ¿me s’antendío’ ahora?
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Mmmmmm... Sí
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No, si encima tendrán razón los de clase y va a ser verdad “que hablo difícil”...
."Hablas rharho, rharho, rharho"
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En fin, a lo que iba. El Museo de América es uno de esos museos un poco inclasificables porque su colección abarca desde los más impresionantes restos arqueológicos hasta las más finas y delicadas obras de escultura y pintura del barroco de los virreinatos de la América colonial, pasando por infinidad de piezas y restos materiales de carácter antropológico que nos hablan de las culturas y pueblos precolombinos, su vida y costumbres antes de la llegada de los europeos al Nuevo Mundo. Algunas de las cosas que más me han impresionado siempre de la colección permanente son el Gran Calendario Maya, un disco de piedra de más de 2 metros de diámetro que se encuentra en una de las salas principales, o las cabezas humanas en miniatura de los jíbaros, un pueblo indígena de la selva amazónica que cortaba las cabezas de los enemigos vencidos en combate y les aplicaba una curiosa técnica de momificación por medio de la cual iban reduciendo su tamaño hasta parecer casi de juguete, de modo que las podían llevar siempre encima como trofeos.
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Cabezas reducidas de jíbaros del museo de América: ¡Listas para llevar!, jajaja (sí, a mí también me dan un poquillo de grima)

Pero bueno, quien esté interesado en todas estas cosas, que se acerque al museo a conocerlo personalmente, de verdad, merece la pena y animo a todo el mundo a que lo haga, pero sobre lo que yo iba a escribir hoy es sobre la exposición temporal que puede verse ahora allí:
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"Mantos para la eternidad: Textiles Paracas del antiguo Perú"

Es que fui a mediados de octubre y desde entonces tenía intención comentarla un poco en el blog, pero por unas cosas u otras, pues lo he ido soslayando (¡y dale con las palabras raras!), vamos, que lo he ido dejando de lado, y tenía que hacer este post ya, antes de que se me olvide lo que vi (no creo, pero si me descuido lo mismo acabo escribiéndolo cuando ya hubieran quitado la exposición, y menuda gracia).
.No te me cabrees, que aún no se ha acabado la exposición
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Paracas es el nombre de una cultura del Perú precolombino de en torno a los siglos V a. C. a II d. C. que se situaba en la costa sur del país, en la península de Paracas, de ahí que se la conozca con ese nombre. Fue descubierta en por Julio César Tello, el padre de la arqueología peruana, que entre 1925 y 1927 desenterró en la necrópolis de Wari Kayan 400 fardos funerarios. A partir de las diferentes características y los distintos restos materiales hallados en estos enterramientos se establecieron dos fases bien diferenciadas en la historia de esta cultura: Paracas Cavernas, que abarcaría aproximadamente los siglos V-II a. C. y Paracas necrópolis de 100 a. C a 200 d. C.
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Mapa de la península de Paracas con la situación de los yacimientos arqueologicos
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Es a esa segunda fase a la que pertenecen las ochenta tres piezas de la exposición. Se trata, básicamente, de los mantos funerarios y otros textiles que constituían la mayor parte del ajuar encontrado en los enterramientos, aunque también se incluyen algunas muestras de la curiosísima cerámica pintada de esta cultura y objetos ofrendados al difunto para su engalanamiento en la otra vida, como pieles de animales (hay una de zorro impresionante) sofisticadísimos tocados con plumas y, sobre todo, objetos de orfebrería hechos en tumbaga, una aleación de oro y cobre muy practicada por estas gentes.
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Muestra de cerámica pintada Paracas. Este cántaro antropomorfo tiene más de 200o años de antigüedad y representa la alegoría de un cactus del desierto con caracteres humanos

De cualquier manera, el grueso de la exposición y su mayor atractivo lo constituyen los textiles, especialmente los mantos, algunos verdaderamente impresionantes por sus colores, el detalle de los bordados y la sofisticación de la trama del hilado. Todos, sin excepción, son preciosos, y da bastante vértigo encontrarse ante estas telas y pensar que alguna de ellas tiene como 2100 años, y si no, es suficiente con recordar que las telas más antiguas conservadas en Europa son vikingas, de los siglos IX y X, y en un estado lamentable, lo único comparable a estos textiles Paracas son los linos encontrados en Egipto, de modo que no estamos ante ninguna minucia. No en vano es el clima desértico y seco de la península de Paracas, muy similar al de Egipto, lo que ha hecho posible la conservación casi milagrosa de estos textiles milenarios.
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Uno de los mantos más grandes e impresioantes de la muestra: sencillamente espectacular, no se puede describir, hay que verlo

Para entender qué eran estos mantos hay que tener en cuenta en primer lugar en que tipo de enterramientos se encontraron todas estas cosas: se trataba de pequeños fosos cavados en el suelo en los que se colocaba un fardo de aproximadamente 1’60 m. de altura y cuya situación era marcada con una vara clavada en el suelo, al estilo de nuestras lápidas. ¿Por qué un fardo? Aquí es donde entran los mantos. La cultura Paracas, al igual que otros pueblos precolombinos del actual Perú, practicaba una sofisticada técnica de momificación por medio del secado de los cuerpos sumergidos en la arena del desierto: colocaban el cadáver en posición fetal sobre un gran manto, cerrándolo después para que el cuerpo quedara perfectamente envuelto.
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¿Queda claro lo que es "posición fetal"?

A continuación, envolvían este primer manto dentro de otro, y este a su vez dentro de un tercer manto, y así sucesivamente hasta formar el mencionado fardo, y dentro, junto con los mantos y entre medias de ellos, iban metiendo otras cosas, como alimentos, vestidos, adornos y utensilios diversos de los que el difunto habría de servirse en la otra vida. Este gran fardo es lo que finalmente era introducido en los agujeros excavados en la arena del desierto, donde la presión y la sequedad del entorno obraban la momificación del cuerpo.
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Aspecto de unos de los fardos con su correspondiente momina encontrados en la necrópolis de Wari Kayan. En mi opinión es lo único que le falta a la exposición, porque no han traído ninguna momia enfardad como la de la imagen, aunque sí hay muy buenos dibujos ilustrativos

Algunos de los fardos llegaban a estar compuestos por más de sesenta mantos, mantos que podían ser de los más diversos tamaños, desde auténticas miniaturas que caben en la palma de la mano, hasta telas enormes de más de tres metros cuadrados, algo que también se repetía en los diversos vestidos que integraban el ajuar funerario del difunto: se han encontrado camisas y turbantes de tamaño natural, pero también prendas aparentemente preparadas para niños pequeños, casi recién nacidos, o ni siquiera eso, sino más bien para muñequitos. Todo esto se explica por la concepción que la cultura Paracas tenía de la vida de ultratumba, pues consideraban que la muerte era como el nacimiento a una nueva existencia, y si era un nacimiento, pues entonces uno nace pequeño y va creciendo, de modo que necesita la ropa y las demás cosas, primero de pequeño tamaño, para cuando el difunto es niño en la otra vida, y luego de mayores dimensiones a medida que se va haciendo mayor. Este proceso es lo que ellos llamaban “la conversión en ancestro mítico”, es decir, el difunto, una vez muerto, comenzaba en la vida de ultratumba un proceso por el cual pasaba de ser humano, de simple difunto, a ancestro mítico, una especie de semidiós admitido en el reino de las divinidades. Y este proceso de conversión es precisamente uno de los motivos preferentemente representados en los grandes mantos contenidos en los fardos, así, en ellos aparecen bordadas figuras antropomorfas que ilustran esa transformación del difunto y cómo éste va perdiendo sus rasgos humanos para adquirir alas, garras de rapaz (de cóndor) ocelos y rabo felinos (de puma y jaguar), pues la mayoría de los pueblos precolombinos concebía a las divinidades como seres zoomorfos con el aspecto de la flora y la fauna que constituían sus principales medios de subsistencia o que veían a su alrededor reinando en lo alto de la pirámide del mundo animal, de modo que el proceso de transformación en ancestros míticos no era sino una conversión en alguno de esos animales totémicos.
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Representación bordada del difunto en su proceso de conversión en ancestro mítico: se aprecian perfectamente las garras y alas de ave rapaz así como los bigotes y ocelos propios de los felinos andinos y amazónicos

Así mismo, pueden verse bordados en los mantos imágenes de guerreros, tal vez alusivos al papel del difunto en vida. Aparecen representados con largas cabelleras y máscaras que cubren su rostro. Muchos sujetan en sus manos cabezas cortadas, símbolo del triunfo en la batalla, pues acostumbraban a cercenaban las cabezas de los enemigos a quienes se había dado muerte en el combate.
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Bordado de un guerrero con rasgos zoomorfos. Cubre su rostro con una máscara y en una mano sostiene una cabeza cortada

Hay también bordada alguna representación muy curiosa de figuras que se autoinmolan en rituales de sacrificio a los dioses: en una mano portan un hacha o una especie de daga con la que se han abierto el pecho, y en la otra sostienen un abanico, que no es sino la representación alegórica del corazón, como si acabaran de sacárselo del pecho y lo ofrendaran a la divinidad. Precisamente hay en la muestra algún abanico de estos, que en los fardos se encontraron colocados justo a la altura del corazón de las momias.
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Personaje que se autoinmola y porta en una mano un abanico representativo del corazón que se acaba de extraer del pecho rajado

.De cualquier manera, encontramos igualmente mantos cuyos bordados sólo reproducen motivos geométricos o representan animales totémicos, como serpientes, grandes felinos, o tiburones, en disposiciones simétricas de ajedrezado. Hay uno muy curioso en el que incluso puede identificarse bordada la planta de la judía con rasgos antropomorfos, pues sin duda debía de ser considerada también como una divinidad en tanto que esta legumbre constituía una de las principales fuentes de alimentación de los pueblos precolombinos de Sudamérica.

Bordado que representa la planta de la judía con caracteres antropomorfos

Los fardos y las diferentes piezas encontradas en ellos constituyen una enorme fuente de información acerca de la vida y los poblamientos humanos en la región costera del actual Perú en una época tan antigua como veinte siglos antes de nuestra era, y han permitido conocer que nos encontramos ante una cultura que había alcanzado enormes sofisticación del trabajo y estratificación social, suficientes como para desarrollar un tipo de enterramientos organizados según un sistema de castas, o como para mantener una industria capaz de una manufactura textil en todos sus procesos, desde la recolección y preparado de las fibras de algodón y lana de camélido (yamas y alpacas), hasta el perfecto acabamiento de las telas y su decoración por medio de un sofisticado tipo de bordados, pasando por el tintado de las fibras y la confección de los textiles, algunos de tramas verdaderamente complejas, en telares. De cualquier manera, son muchas las cosas que aún desconocemos: se ignora, por ejemplo, que tipo de tinturas eran las utilizadas en el proceso de teñido de las fibras, o las rutas y extensión del comercio que la cultura Paracas desarrolló con pueblos de otras zonas, algunos tan alejados de su región como puede estarlo la selva amazónica, pues la utilización de algodón en los tejidos o la presencia de plumas de aves tropicales en los abanicos hallados en los ajuares, no dejan lugar a dudas de la existencia de fluidas rutas comerciales desde la propia selva, al otro lado de los Andes, únicas zonas de las que podrían proceder esas materias.
.Turbante como muchos de los hallados en el interior de los fardos: cosidos con una técnica especial, también estaban bordados con increíbles dibujos y representaciones geométricas de vivos colores. Muchos de ellos imitaban serpientes de doble cabeza
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Pues eso, que para no alargarme más sólo digo ya que hay que verla, que recomiendo esta exposición a quien tenga un poco de curiosidad y le gusten estas cosas parte arqueológicas, parte antropológicas, es interesantísima y, en mi opinión, merece mucho la pena, de verdad, a mí al menos me gustó (y es gratis, que en estos tiempos es un plus, ¿no?).
.¿Eso que llevas no es un manto Paracas, verdad?

sábado 7 de noviembre de 2009

La caja de Pandora

Bueno, creo que no voy a torturaros, sufridos lectores, con una tercera posta infumable casi sin preposiciones y llena de de frases breves y lapidarias sobre lo que hice el lunes pasado, más que nada porque incluso yo he acabado un poco hasta los huevos del experimento y creo que ya está bien, que en principio iba a ser sólo un post así, pero claro, la cosa se fue alargando y tampoco era plan marcarme una entrada de las largas, largas escrita en ese estilo, dos medianas, bueno, pero ya tres, pues como que no, básicamente porque como que se ha pasado la gracia de la ocurrencia, que era presentar un poco casi al minuto lo que hago un día de esos en los que no paro, pero bueno, admito que el lunes no fue precisamente normal y lo tenía un poco-muy saturado.
En fin, por si a alguien le interesa saber cómo siguió y acabó la jornada, pues lo resumo: llegué a Toledo sobre las 15:50 y me fui pitando al radiólogo, que me habían dado cita a las 16:20 para hacerme radiografías. Hasta ahí todo bien, pero es que también tenía que estar antes de las cinco en el alergólogo, que me tocaba empezar con el ciclo de vacunas de la alergia de este curso, y claro, yo todavía no he descubierto eso de estar en dos sitios a la vez (por favor, si alguien lo ha inventado, que me pase la receta, ¡por piedad!). A lo de las radiografías llegué a las cuatro, reventado y muerto de hambre. Por supuesto, no pasé a los rayos como hasta las cinco menos veinte, y en cuanto terminaron conmigo dije que ya iría luego a recogerlas y me largué al otro médico corriendo, y menos mal que no caía muy lejos porque estaba entrando por la puerta “in extremnis” casi a las cinco de la tarde ya. Me pincharon después de esperar un buen rato a que llegara mi madre a la consulta con la vacuna, que como era el primer día la tenía que llevar yo después de haberla recogido de la farmacia, pero evidentemente no la tenía porque no había pasado por casa y no me la podía haber llevado a la universidad cuando salí porque los frascos tienen que estar en frío, que si no se jode lo de dentro, y doce horas en mi mochila como que habrían dado para que los se calentaran un poquito ¿no? Bueno, que ya me estoy enrollando. Total, que entre esperar a mi madre, pincharme y el tiempo que siempre me toca quedarme después allí por si hace reacción la vacuna, pues como que no llegué a casa hasta las seis y media. Entonces a por fin “comí” algo en condiciones: me hice un bocadillo de foi-gras (¡¡¡me necanta!!!), tomé fruta y me bebí un tetrabrick entero de leche (¡¡¡me encanta!!!), y luego ya pude sentarme en mi habitación, que tenía bastante que hacer porque en clase al “Sustituto buenorro” no se le ocurrió mejor idea que el que corrigiera yo, y claro, como soy tonto perdío’ y necesitaba lucirme, pues me cepillé en media hora la traducción que había calculado para dos días en función de lo que corregimos normalmente en clase (cuando les toca a los otros, claro, que van lentos a más no poder). No hay ni que decir que mis compañeros quisieron apuñalarme a la salida… Y además, como soy un poco masoca y se ve que no me había cansado suficiente con tanto paseo por la mañana, pues no quise perdonarme mi sesión de abdominales, que el lunes me tocaba, así es que nada, me puse con ello sobre las ocho y media, luego ya me duché y cené y seguí traduciendo un rato hasta las doce, hora en que ya lo dejé porque no podía más y necesitaba acostarme, aunque confieso que aún se me pasó por la cabeza escribir algo en el blog, pero como que abandoné la idea nada más encender el ordenador, de modo que mandé un mail que tenía pendiente y me acosté, que el martes también me tocaba levantarme a las 5:25.
Pero bueno, que de lo que quería escribir hoy es de la película que vi ayer en el cine, y es que, en contra de lo que comentaba en la entrada anterior, al final sí que pude ir ayer al cine, y menos mal, porque después de la semana demencial que he tenido me hacía bastante falta para desconectar un poco de todo y relajarme algo, así es que escudriñé entre mis AIMES (“Ahorros Intocables de Máxima Emergencia”) y me marché al centro comercial del quinto pino donde tengo los cines más cercanos dispuesto a ver lo que fuera. Y se nota que esta semana no estrenaban nada mega publicitado pensado para el consumo masivo de preadolescentes descerebrados porque no había cola en taquilla como sí me he encontrado en otras ocasiones.
La verdad es que iba yo con la idea de ver la nueva de Maryl Streep, que pese a haber oído que no es nada del otro mundo, pues en esta bloga somos muy fanses de la Streep y todo lo que hace esa diosa de la interpretación nos encanta, pero la sesión se acababa cuando ya no hay autobús para volverme a casa, de modo que la dejé para el finde que viene. La otra que me interesaba, “The Box”, aquí no la han estrenado, pero bueno, tampoco es que tuviera muchas ganas de verla, que es un poco como de terror y a mí esas no me van mucho (sobre todo teniendo en cuenta que 99 de cada 100 veces que voy al cine lo hago solo), pero vamos, más que por otra cosa me apetecía varla por James Marsden, el protagonista, que desde que lo vi por primera vez en Ally McBeal en los tiernos años de mi lúbrica pubertad (ufff! cuánto empieza a hacer ya de eso…), pues como que lo tengo en el altar de mis mitos eróticos y de ahí o se me cae, no señor…
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James, ¿qué es lo que haces en el pajar?
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Pero por esa regla de tres acabé viendo:

Pandorum

Vi el trailer hace unos meses y la verdad es que la ponían de pasar mucho, mucho miedo, y como decía arriba, a mí eso me tira bastante para atrás. Pero también vi a dos de los protagonistas y…

Ben-vaya-par-de-ojazos-Foster y...

Cum, perdón, Cam Gigandet

Y bueno, en fin, que uno es humano, y la carne es débil y todo eso...
La película pertenece a esa especie del subgénero “thriller espacial” surgido a la sombra del fenómeno “Alien”: En el siglo XXIII una gigantesca nave espacial con miles de personas a bordo es enviada desde la Tierra (en las últimas por la contaminación y la superpoblación) para colonizar un planeta de características similares al nuestro. Hasta aquí todo bien, pero esto es sólo el prólogo, porque la película verdaderamente empieza cuando uno de los miembros de la tripulación, el cabo Bower, despierta de su hibernación de ocho años, en teoría para empezar su turno al frente de la nave junto con el resto de miembros de su equipo, pero allí todo está oscuro, no funciona nada, no se ha despertado nadie más, y lo mejor de todo, la hibernación produce amnesia, por lo que el pobre cabo no es que no recuerde lo que hay que hacer, es que no sabe ni quién es, ni dónde está, ni nada de nada, arranque verdaderamente inquietante y, en mi opinión, lo más conseguido del film: la atmósfera de desasosiego que se crea en estos primeros minutos de metraje y la desconcertante y angustiosa secuencia en que el protagonista despierta en su cabina de hípersueño consiguen pegarte a la butaca y dan la sensación de que, verdaderamente, en las próximas dos horas vas a ir de sobresalto en sobresalto, pero la verdad es que la cosa se desinfla enseguida y luego no es para tanto, y lo digo básicamente porque yo soy de asustarme mucho y fácilmente con una peli y con ésta, pues como que no.

Como para no angustiarse si te despiertan así, ¿verdad Ben?

No digo que no hubiera momentos en que estaba intranquilo y con la incertidumbre ésa de “¿a ver qué pasa ahora?”, pero ya está, desde luego que miedo, miedo, a mí no me dio, y eso que a medida que avanza la película las cosas parece que van torciéndose pero que mucho, mucho: el cabo al principio está completamente solo, aunque luego se despierta también el que parece ser su superior, el teniente Payton, al que, por supuesto, no recuerda. Nada funciona, allí no parece haber nadie más, del equipo encargado del turno anterior y que debía darles el relevo no hay ni rastro, la macro nave da muestras de estar en las últimas, todo está acojonantemente oscuro, pues casi no hay electricidad, por lo que tampoco pueden abrir las puertas y están bloqueados en la sala en que han despertado.

¿Toda mala situacón es susceptible de empeorar? Ahora verás...

Ante este panorama, deciden que hay que poner en marcha el reactor principal para que aquello rule y puedan llegar al puente de mando a ver qué coño ocurre, y para salir de allí Bower se mete por las tripas de kilómetros de cable de la nave mientras Payton le guía, y es entonces cuando todo empieza a liarse de verdad, porque una vez fuera ya de donde estaban metidos, es decir, por el laberinto de corredores de la nave, el cabo se da cuenta de que no están tan solos como parecía y de que por ahí hay otras cosas que al principio no vemos muy bien, y mejor, la verdad, porque se parecen a los vampiros de Buffy y son bastante asquerositos.

Este no es de la peli, es de Buffy, pero son primos hermanos, jajaja

-No son tíos- le dice un tembloroso Bower al teniente Payton por el interfono, y se supone que es cuando debemos empezar a pasar miedo del bueno, pero como digo, la cosa no va más lejos de moverte un poco en la butaca y ya está, no es en absoluto para tanto.
El título de la película “Pandorum”, se reifere a una especie de cuadro psicótico que sufren los tripulantes de la nave debido a las condiciones de aislamiento en el espacio y la enorme presión de tener que llevar aquello a su destino. Les entran temblores, tienen alucinaciones y demás, aunque me parece a mí que con la que tienen montada allí dentro, pues como que el “pandorum” éste es lo de menos.
En fin, que como no voy a reventar la peli, no cuento más del argumento. Por lo que se refiere a los aspectos técnicos, pues bueno, la verdad es que en cuanto a efectos especiales y demás no es que hayan echado los restos: la cosa es bastante cutrecilla, la música, que es lo que verdaderamente consigue que una película de miedo te acojone de veras, es muy simplona y no da con el ambiente adecuado para este tipo de film, pero las interpretaciones sí están bien, a mí al menos me han satisfecho. Ben Foster, algo conocido porque hizo de Ángel en “X-Men III, La decisión final”, está muy bien en su papel de “héroe por las circunstancias” que no tiene ni idea de lo que hay que hacer, aunque lo mejor son las caras de miedo que pone el pobre.

¿A que acojonan, Ben?

Denis Quaid interpreta a su superior, el teniente Payton, y bueno, la verdad es que ya se le van notando los años al pobre (tiene 55), que cuando se despierta de la hibernación en su cabina se le ve hasta fondón, pero también está correcto en su papel.

¿Te he contado lo que es el pandorum?

De cualquier manera, el que se lleva los aplausos y se come la película él solito es Cam Gigandet, el cabo Gallo, que da bastante más miedo que las cosas ésas que andan rondando ahí sueltas por la nave. Que conste que no lo digo porque el señor Gigandet es tan guapo que duelen los ojos de mirarlo...

Ufff!

... está más bueno que todos los tíos buenos que me vienen ahora mismo a la cabeza (quitando a Bryan Thomas, hombrepordiós!)...

Ufff! Ufff!!

...y tiene un polvazo de agárrate y no te menees...

Ufff!!! Ufff!!! Ufffffffffffff!!!!!!!!!!!!!!!

...sino porque de verdad que le va muy bien el papel de chico malo loco perdido, es que el tío lo borda.

Si yo soy tú y tú eres yo, ¿quién está más loco de los dos?

El guión en general, como el argumento, un poco flojillo, y la verdad es que si uno se pone a razonar ciertas cosas, pues como que se le pueden sacar a la peli cientos de fallos: ¿Por qué coño, de un momento a otro en que está hablando el cabo Gallo tan tranquilo y nos intenta acojonar, empieza a sangrarle la nariz y pasamos de esto:

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A esto:
.Y no, este comentario no es una excusa para poner más fotos del mozo, que yo para eso no necesito excusas, ¿¡qué os habéis creído!?

¿Y cómo pueden estar tan buenorros y cachas unos tío aislados en una nave en medio de sabe Dios dónde, sin nada que comer y después de años de hípersueño?... Pero bueno, si nos ponemos así todas las pelis estan mal hechas por algún lado, y de lo que se trata es de que entretengan y ya está, y ésta de "Pandorum" entretiene, a mí por lo menos me hizo pasar el rato y no me aburrí en ningún momento, de modo que “misión cumplida”, porque eso es precisamente para lo que pago yo la entrada. Así es que nada, pese a algún que otro descuido y sinsentido poco verosímil, que es lo peor, pues la peli no esta mal, eso sí, no como película de terror, sino más bien como thriller inquietante de ambiente espacial y ya está. Y lo mejor, Mr. Gigandet, clarostá'.

¿Me enseñas bien el tatuaje, Cum, digo Cam?

viernes 6 de noviembre de 2009

Medio día: Azul claro - Gris

13:03...Fin de la clase, con retraso, por supuesto, no falla: si tengo prisa siempre acabamos tarde. Voy, corriendo no, volando a la biblioteca a devolver un libro. En la puerta una profesora me entretiene. Me habla. La escucho. Termina de decirme lo que quiere y desaparece dentro de un despacho. Consigo entrar por fin. No entrego el libro, se lo tiro al pobre bibliotecario y salgo de allí pitando sin esperar siquiera a que me digan que tengo tres días de multa por moroso. Bajo al primer piso a la velocidad del rayo. Veo la fuente. Tengo sed. Bebo. Miro el reloj: las 13:07 y necesito que estar en Fuencarral 80 antes de las 14:00 ¿Problema? Que, como siempre, no pienso ir ni en autobús ni en metro: ¡a correr!
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13:07 – 13:54. Desde mi facultad al puto estanco de Fuencarral 80: Avenida Complutense, Avenida del arco de la Victoria, calle de Isaac Peral, Fernando el Católico, Guzmán el Bueno, Rodríguez de San Pedro, Blasco de Garay, Alberto Aguilera, glorieta de Ruiz Giménez (aka: metro San Bernardo), calle de Carranza, Glorieta de Bilbao y Fuencarral. Entro sin aire en el estanco. Me siento un poco Rambo, que siento que “no siento las piernas”. A mano izquierda: señorita, joven, bien vestida, muy guapa (me parece, aunque he de confesar que en eso nunca termino yo de estar seguro, jajaja), muy amable. Se me acerca -¡Hola!- sonrisa Trident (sin azucar), y menos mal que llevo las gafas de sol puestas, si no, me ciega el resplandor. -¿Fumas?-. Entre sus manos y mi cara, bandeja llena de cajetillas de tabaco azulgranas con letras plateadas (sólo les falta el escudo del Barça). Yo, la miro estupefacto. Pienso: “27 minutos de la universidad al centro andando, ¿acaso puede hacerlo un fumador?” Aún no respondo nada. Estoy sin aire, sin aliento (será el cigarro que me acabo de fumar), y ¿he mencionado ya que me duelen las piernas? “Si vendieras flúor, pasta de dientes o cepillos, te forrabas, chica, pero cigarros… conmigo al menos no (pero si quieres puedes pasarme el número de tu dentista). Si fueras tío y estuvieras, bueno no, buenísimo, si que le daba una calada (o dos) a tu cigarro, pero en estas circunstancias, ¡por favor! No sé por quién coño me han tomado (se nota que no he comido nada desde las cinco menos cuarto de la mañana y que empiezo a estar cansado ya, pero que muy cansado)”. -No, lo siento, no fumo- respondo juntando en mis pulmones con esfuerzo titánico el suficiente aire para articular tan ingeniosa frase. -¡Pues haces muy bien!- exclama entusiasmada la chica Happydent, arrancando de la estanquera una mirada asesina desde su mostrador, al tiempo que se lanza sobre el pobre incauto que acaba de entrar detrás de mí al estanco: -¡Hola! ¿Fumas?...-. Vuelta a empezar. Seguro que éste pica, ya verás.
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¿Me das un calada?
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13:56. Formulario de solicitud: relleno. Foto carné: con nombre y apellidos. DNI: fotocopiado. Fotocopia del título de familia numerosa: compulsada. Le entrego todo a la estanquera. -Tiene que pagar 1’20 €- me dice. Pago. -¿Cuándo podría venir a recogerlo?- yo. -¡Huy!- ella, -más o menos dentro de un mes. Está tardando mucho ahora lo del abono transporte-. ¿¡No?! Pues menos mal que me lo aclara, que ya iba a decir yo: “¿Un mes? ¡Menuda rapidez!”. ¡Joder! Otras cuatro semanas de metro y autobús. Me da a mí que en noviembre tampoco ahorro.
13:58. Salgo del estanco y tiro calle abajo. No llevo prisa ya pero tampoco voy despacio. A veces pienso que me gusta ir por Fuencarral para mirar escaparates (“ir de miranda” llama a esto mi hermana la mayor. -Para diferenciarlo de “ir de compranda”, ¿no?- le digo siempre yo), pero no, en realidad lo odio (cruzar entera Fuencarral): G-Star, Burberry, Adidas, Jack & Jones… ¿acaso alguien disfruta torturarse viendo todo cuanto le gusta, cuanto querría pero no puede comprar), yo al menos no, ¡por favor! Que mi nivel de masoquismo no me da para tanto. Paso el “Mercado de Fuencarral”. Esquina de la tienda de Puma (¡ni se te ocurrar mirar las zapatillas!), giro a la izquierda y me voy para Hortaleza: va a ser verdad eso de que la cabra tira al monte, ¿no?
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14:00. ALTO. STOP. HALT!!!!! Frenazo en seco casi en Gran Vía ya. Hortaleza 2. Una librería. En la puerta, mesita con libros en oferta (tan exacta puntualización del escenario es idea, sugerencia y propuesta de Nyc, de modo que del éxito o pesadez de tal recurso han de pedirse cuentas al antedicho bloguero, también librero, por eso hago esta mención aquí, que pega): ¿Libros de oferta (“¡todos a 4€!”, reza el cartel) en una mesa a pie de calle, a la puerta de la tienda? La de los cigarrillos y sonrisa Colgate no pudo antes conmigo, me resistí a sus armas de mujer, a la de los libros no le ha hecho falta mover un solo dedo: antes de darme cuanta ya era suyo (no quiero imaginarme si tras el mostrador, en vez de una librera, hay un librero…). Revuelvo. Rebusco. Miro. Cojo los libros de dos en dos, de cinco en cinco. ¡Me faltan manos! Encima de una torre, “Las Leyes” de Cicerón. “Tú estabas esperándome, ¿verdad?” pienso. Algo más escondido, debajo de unos cuantos “La República” de Platón. Mucho me temo que no había mejor cebo para peor pez... Agarro mis hallazgos con avaricia irreprimible intentando casi esconderlos entre mis manos (¡Mi tesooooroooo!) y sigo escarbando más y más, pero ni más encuentro ni tengo más dinero. Entro. Pago religiosamente (amén) los 8 €. ¡Marcapáginas de regalo! Rapiño para mi colección todos los que puedo y me marcho. Adiós. Intento no pensar en lo que me he gastado y me consuelo con que “son ediciones buenas bien traducidas por buenos traductores que en la librería de la facultad cuestan entre las dos no menos de 25 €”, Pero no consigo sacar de mi cabeza que en esos 8 € “iba mi entrada al cine de este finde”.
14.07. Al fondo del andén del metro de Gran Vía. Línea 1, la azul clarito. 1 Minuto para que llegue el tren, un minuto del metro de Madrid, que vienen a ser diez en el resto del mundo. No llevo prisa, que tarde: el autobús no sale hasta las tres. Estoy de pie. Me canso (he comentado ya que me duelen las piernas). Me siento. Tengo hambre (he comentado ya que no voy a comer). Busco en mi mochila: el libro de Polibio. Mis cuadernos. Las vidas de Sartorio y de Pompeyo. Las Historias de Tácito. Dos Plátanos (he comentado ya que me encantan los plátanos). Me encanta comer plátano. Hasta que llegue a casa es lo único que voy a poder tomar. Después de todo el día en la mochila están un poco blandos. Y negros. Y algo espachurrados. Me da igual. Sacó uno de la bolsa. Lo pelo. Llega el tren. El vagón, atestado. Entro no, me entran (he comentado ya lo mucho que odio el metro). La única preocupación de la mujer que hay delante de mí y me está pisando es que no la manche con el plátano. Me lo meto entero en la boca (mmm, qué bueno...). Me mira con alivio ella (y algo de envidia: a ella no le cabe ese plátano en la boca). Yo meto la mano, meto, la mano, en mi cartera y saco mi segundo plántano: más grande (¡perdón!, mayor), más negro, pero igual de blando que el plátano anterior. Lo pelo. Voy metiendo la cáscara, reblandecida, en una bolsa. La mujer me mira, no, me vigila: se quiere asegurar de que voy a comérmelo (o no, que lo que quiere ver si voy a ser capaz). Visto y no visto. Pa' dentro. Apenas dos bocados (bueno, uno y medio). Y pese a ello en el vagón aún huele a plátano.
.Me gusta el plátano. Mucho
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14:11. Vagón de metro. Línea 1. Parado. Andén de Sol. Se abren las puertas. Sale un tropel de gente. Salgo con ellos yo. Tiro la bolsa llena de cáscaras de plátano en una papelera. Vuelvo al vagón. Pitido y cierre de las puertas. En marcha el tren.
14:17 – 14:33. De Gran Vía a Pacífico. Cambio de línea: la 1 por la 6. Azul calro por gris ¿se ha nublado el cielo?
14:41. Plaza Elíptica: Aquí me bajo yo. A veces (otras veces), he subido del andén a al autobús en menos de un minuto. Esta vez no, ni tengo tanta prisa ni billete: toca pasar por la taquilla.
14:43. Piso primero del subsuelo del intercambiador. Puerta número 7. Casi nadie esperando. Me siento a esperar yo. En ocho minutos llegan más de vente personas mientras leo. No llega el autobús.
14:55. Dársena tras la puerta número 7 del primer subsuelo del intercambiador de Plaza Elíptica. Llega el autobús. Luz verde en puerta. “No salir a la dársena hasta que haya llegado el autobús”, nos dice la pantalla que sobre hay la puerta. Ni horarios. Ni retrasos. Ni coches cancelados. Sólo nos dicen que hasta que llegue el autobús no salgamos por una puerta que no se puede abrir hasta que el autobús llega. Entrego mi billete al conductor. Lo pica. El autobús, vacío. Cojo, asiento no, asientos: está vez sí que me pongo en dos. Y tan contento.
15:00. Mismo número de dársena en mismo subsuelo de mismo intercambiador de cinco minutos antes. Autobús, medio vacío: no se ha llenado entero (vaya tautología me acabo de marcar). Voy, sentado no, tirado entre los dos asientos de delante de la puerta trasera. De acompañante al lado: mi mochila y mi abrigo. Saco mi libro. ¿Leo? Sí. No. Lo intento, pero estoy cansado, medio muerto, no he comido y me entra el sueño. Me duermo: zzz…
.zzzzzzzzzzzzzzzzzz...

miércoles 4 de noviembre de 2009

Mañana: azul marino

5:25. Suena el despertador. Casi no llega ni a un segundo, llevo medio despierto desde las cuatro: mi padre hizo ruido al levantarse, y lo peor es que creo que a la una de la noche aún no me había dormido… Bajo disparado a la cocina. Me hago el té. Café no tomo. Nunca. No puedo, me pone demasiado nervioso y un té me tiene suficientemente despierto y espabilado toda la mañana, a veces más. Subo otra vez al piso de arriba. Voy al baño. Me lavo. Vuelvo a mi habitación. Me visto: pantalón chino azul marino, camiseta interior de algodón, camisa azul cobalto, chaleco azul marino también y encima un polo de rugby, también azul. ¿Mucha ropa? No, que va, han dicho que bajaban las temperaturas de 8º a 9º de media. Abro la ventana: no parece hacer mucho frío fuera. Me da igual. Entorno las celosías y dejo todo bien abierto. Echo completamente para atrás las sábanas: tengo que tener la seguridad de que la habitación y la ropa de cama se ventilan bien, manías mías. Cojo la mochila cierro la puerta y bajo de nuevo a la cocina.
5:40. Desayuno: tazón de té con leche, un plátano, un kiwi, dos magdalenas y un yogur. No es el desayuno de mis sueños, pero a esas horas apenas soy capaz de meterme nada en el cuerpo, si tomo algo es para aguantar la caminata hasta la estación y que no me estén sonando las tripas en clase toda la mañana.
5:50. Vuelvo al baño, esta vez en el piso de abajo. Me lavo los dientes. Intento peinar la horrible mata que tengo por pelo o al menos intentar no parecer un loco o haber sufrido una descarga eléctrica, apenas lo consigo: va siendo hora ya de que me rape otra vez el pelo.
6:01. Salgo de casa, no sin haber bebido antes un vaso de agua. No hace frío, sí viento, pero pese a que sólo llevo el abrigo fino (azul marino, por supuesto), me doy cuenta de que tan pronto como lleve un rato andando me va a sobrar: definitivamente sí era mucha ropa. Hay nubes en el cielo, pero son altas, el horizonte se ve muy despejado, y la Luna, llena, amarillenta, bastante baja ya a esas horas, tiñe el cielo de un azul marino intenso (¡qué cosas! como mis pantalones, mi abrigo y mi chaleco) amenazado por la negrura de esas nubes altas que tapan las estrellas. Me encamino al atajo del lado Oeste del cementerio. Farolas apagadas: “¡Mierda, joder! media vuelta. Hoy va a tocar camino largo, ¡y hay que espabilar! (se ve que lo del ahorro energético es cosa de los lunes, digo yo, ¿no?”).
6:09. Termómetro de la avenida de Europa: 16º. -El lunes Bajarán las temperaturas de 8º a 9º-. "Sí, ya. ¡A mis cojones bajarán!" Ya estoy sudando. Y voy acelerado. En 21 minutos se larga el autobús.
6:20. Avenida del general Villalba (siempre pensé que era franquista, en esta ciudad… Pero no, éste pegó los tiros antes: en la guerra de Cuba, en la del Rif y todo eso): No aguanto más, me quito el abrigo. Voy cuesta arriba, aflojo un poco el paso, ya sé que no voy a perder el autobús.
6:26. Estación de autobuses: Todo medio desmantelado, como la semana pasada, como el mes pasado, como desde finales del pasado curso, todo sigue igual de desastrado. Están de obras, de reforma, dicen, cuando lo que hubiera hecho falta es que tiraran la estación entera y levantaran una nueva, una decente, a ser posible en otro lugar, no hundida casi en la mismísima vega del río... La entrada, como casi todos los días a esta hora, bloqueada por la furgoneta que trae la prensa basura ésa que regalan en el metro, aquí también la dan, en la estación. La dejan en el suelo. Auto servicio: “Noticias frescas para envolver su pescado pasado cada día” total, no puede oler peor que cualquier cosa que de nuestros políticos se cuente, ésos, sencillamente, apestan. Una mujer mira desesperada los cuarenta escalones que hay ante sus pies: carga un maletón enorme y, por supuesto, no hay escaleras automáticas que bajen y el ascensor no funciona desde junio, ¿he dicho ya que nos están arreglando la estación? Yo bajo las escaleras corriendo, como siempre, saltando los peldaños casi de dos en dos. La mujer no. El maletón, tampoco.
6:27. Entro en el autobús: Es tarde, bastante tarde ya como para encontrar dos asientos juntos libres. Me da igual, lo único que quiero es poder descolgarme la mochila de la espalada, quitarme el abrigo (azul marino), el polo (azul celeste y, por supuesto, azul marino) y el chaleco (ya dije antes el color) y dejar de sudar. Me duelen los empeines de andar tan rápido: 26 minutos de la puerta de casa al asiento del autobús, por el camino largo y sin correr: un nuevo récord, creo yo.
6:29. Entra en el autobús la mujer. El maletón no entra: alguien afuera la ha ayudado a subirlo al maletero. Paga su billete y busca asiento. Ella tampoco ha podido encontrar dos libres, también le toca sentarse con un acompañante al lado: es lo que tiene cargar con grandes maletones y tener que ir por el camino largo por problemas de luz: llegas tarde y te quedas sin doble asiento.
6:30. Nos marchamos.
6:31. Enciendo la lámpara que hay encima del asiento. -¿Le importa a usted si doy la luz?- pregunto al que va a mi lado. Hombre. Unos 40 años. Con gafas. Va abrigado, intenta acurrucarse arrebujado en su asiento y cierra los ojos. “Quiere dormir”, pienso, pero entonces no entiendo por qué lleva los cascos puestos, y entiendo mucho menos por qué tiene el volumen tan alto que oigo su música hasta yo. -No, no, no pasa nada, encíéndela- me responde. “Definitivamente no quiere dormir” me digo, al tiempo que me pierdo en mi lectura: Plutarco. La vida de Pompeyo. La Farsalia y la “falax fortuna” del hombre que tuvo todo, no, que tuvo mucho y pudo tenerlo todo en Roma, que fue el más grande (Pompeyo Magno, lo llamaban) y pudo llegar a ser aún mayor, pero lo dejó todo, renunció al poder y abandonó las armas al tiempo que a él lo abandonaba la fortuna y la suerte, antes propicia, lo dejaba de lado para pasar de ser Pompeyo el Grande, el Magno, a morir asesinado a manos de un subordinado por decisión de unos casi esclavos.
.Pompeyo el Grande: Probablemente el hombre que menos mereció el triste destino que tuvo
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6:55 – 7:15. Me canso de leer. Quiero dormir, pero no tengo sueño. Miro por la ventana. A la derecha, al Este, ya clarea, el cielo ha pasado de ser azul marino a ser más bien añil (no así mis pantalones, ni mi chaleco, ni el abrigo, que todos éstos siguen siendo azul marino). Por ese lado ahora casi no hay nubes, pero ya está demasiado claro para que se vean las estrellas. ¿O no? Aún se ve una, se ve Venus, el Lucero del Alba, Héspero, que le decían griegos y romanos (seguro que también Pompeyo). Pero no, no se ven las estrellas, que Venus no lo es.
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Miro hacia el otro lado, a la izquierda, al Oeste. Ahí es adonde se han retirado las nubes negras, el cielo azul marino y las estrellas, y por en medio, la Luna: gorda, amarilla, casi rojiza porque va descendiendo mucho ya, medio disimulada por las nubes, que la quieren tapar, y ella no quiere que la tapen, quiere salir, pero casi no la dejan, y apenas tiene fuerza, y aunque la tuviera el horizonte se la come: definitivamente ya no es de noche, pero tampoco es aún de día. ¿Dormir algo? Quiero. Lo intento, pero no lo consigo y antes de darme cuenta ya hemos entrado a la estación, y tengo que ir al metro.
..
7:20. Andén del metro. Línea 6. Plaza Elíptica: ¿El abrigo? en el brazo. ¿El polo de rugby? En la mochila. ¿La mochila? Colgada de mi espalda. Llega el tren. Me encanta situarme cerca de la salida del túnel y que al irrumpir el coche en la estación el aire que empuja me golpee en la cara. Me encanta. Me encanta que cuando ocurre se agite con el aire el abrigo que llevo colgado bajo el brazo y que se agite también en invierno la bufanda desanudada sobre mis hombros, como queriendo irse detrás del tren hacia el otro extremo del andén.
7:25 – 7:45. De Plaza Elíptica a Ciudad Universitaria: ¡Odio viajar en metro!, sólo lo hago cuando no me queda más remedio, que últimamente viene siendo dos veces al día, para mí francamente demasiadas. Generalmente no me siento, total, las veces que lo hago suele ser para tener que levantarme enseguida y cederle el sitio a alguien que, evidentemente, lo necesita más que yo. Esta vez sí que me siento: va medio vacío el vagón: aún no es hora punta. Abro la mochila, saco mi libro. Leo. En Alto de Extremadura Septimio, Salvio y Aquilas matan a Pompeyo. Terminé. No leo ya más: comenzaré en el viaje de vuelta el libro nuevo.
7:48. Ciudad Universitaria: Hace frío, no mucho, pero desde luego sí más que en Toledo. Me pongo el abrigo para recorrer los escasos quinientos metros que separan mi facultad de la boca de metro. Dejo atrás en el camino otras tres: Medicina, Farmacia, Ciencias de la información. Enfrente, el botánico de la universitaria. Por encima de las copas de sus árboles, casas, edificios de Reina Victoria recortados contra el cielo de Madrid. Veo mi antigua residencia, todos los días la miro, todos los días la veo al salir del metro, mientras camino hacia la facultad. Antes, con pena, con nostalgia de lo que ya no tengo y de lo que perdí, del sitio en que viví y donde en una época me creí tan feliz. Ahora lo miro con cierta indiferencia, incluso con curiosidad y lástima, pero por ellos, no por mí.
7:56. "Facultad de Filosofía y Filología" reza el cartel de hormigón que hay a la entrada del jardín, pero casi nunca lo veo, está en la parte de delante y yo entro siempre por detrás, por la cafetería. Otros días a esta hora no hay nadie, sólo los trabajadores, acaban de llegar y están poniendo todo en marcha, generalmente ni siquiera están encendidas las máquinas de los tickets para poder desayunar, pero esta vez sí, será porque ya no tengo yo que utilizarlas… Huele a cruasanes con chocolate, a café recién hecho y a zumo de naranja. A veces pienso que sólo entro por la cafetería para torturarme un poco al ver y oler todas esas cosas que sé que no voy a comer, pero no, entro por la cafetería porque prefiero subir las escaleras dentro del edificio antes que las de fuera, cuando en invierno hace mucho frío es de agradecer. Voy al vestíbulo y salgo a la puerta principal. Cojo el periódico: este trimestre toca “El Mundo”. Bastante mal tiene que estar la prensa española como para andar regalándose en las puertas de la universidad. Lo mismo es que la gente está dejando de comprar periódicos, total, pagar para leer disgustos, corruptelas, medias verdades y desastres desde por la mañana con la seguridad de que te desinforman periodistas que ni conocen ni tienen el más mínimo interés en saber qué es imparcialidad. Aunque me lo regalan, tampoco yo lo leo, que no quiero ponerme de mala leche tan temprano. A veces, si estoy muy aburrido paso las páginas, pero lo cierto es que únicamente cojo la prensa para llevársela a mi padre a casa. A mi padre. A casa.
8:00. Uno de los bedeles acaba de abrir el aula. Entro. Por supuesto, no hay nadie, queda media hora para que empiece la clase. Enciendo la luz, dejo la mochila en mi sitio, me quito el abrigo y voy al servicio un momento. Vuelvo. Me siento. Saco mis cosas y empiezo a mirarme por encima lo del día.
8:15 – 8:30. Llegan Marta, Rebeca, Nuria, Blanca, Julia, Paloma… ¡La mujer al poder! en la universidad española por lo menos, aunque también es cierto que la proporción entre el alumnado de sexo masculino y femenino en mi facultad está bastante desequilibrada, pero bueno, serán eso que llaman “los signos de los tiempos”, por que si no…
8:30 – 11.30. Cultura y Civilización romanas, Literatura Griega y ya hemos hecho la mitad de la mañana.
11:26. El de Literatura nos suelta un poco antes. Necesito fotocopiar mi DNI. Bajo corriendo a reprografía (o sea, lo de las fotocopias, pero en cursi), ¡qué valor! uno sabe cuándo entra allí, pero la hora a la que saldrás es un auténtico misterio. No hay casi cola, ¡¡BIEN!! Sólo una chica delante de mí, de modo que la cosa tiene que ir rápido… ¡Pobre iluso! En la otra ventanilla, la de los profesores, hay dos mujeres (profesoras, claro), y todo el mundo sabe que los profesores tienen preferencia. No importaría que trabajasen con las fotocopias diez personas (son sólo dos): los diez atenderían antes a un solo profesor que a cien alumnos que tienen que irse a clase y están desesperados en la cola de al lado. Cuando apenas llevo tres minutos esperando ya tengo detrás a unas cuarenta personas, y además se suman dos profesoras más a la cola de la otra ventanilla, dos profesoras que son dos veces como cuarenta alumnos. Una quiere 500 fotocopias, otra quiere fotocopiar un libro entero. “Señora, aquí dice un cartel que no se fotocopian libros” pienso. “¡A no, perdón! que el cartel está sobre mi ventanilla, que soy alumno. Disculpe usted, lo siento y que le fotocopien, no uno, sino do o hasta tres libros enteros”.
11:42. Por algún tipo de milagro, tras 16 minutos esperando, con sólo una persona por delante, por fin me fotocopian el puto DNI. Pago y me largo. La cola detrás de mí creo que llega ya a los cincuenta alumnos (perdón, alumnas, que me censuran el blog los de Igualdad): más de uno (y de una), si fotocopia, no va a clase, seguro. Y yo ya llego tarde.
11:43. La puerta, cerrada, por supuesto, se supone que la clase empieza a las 11:30. Entro. Medio vacía el aula, y eso que ésta es de las asignaturas a las que va más gente: lo normal es que la mayoría se la saque a la segunda o la tercera. Acaban de operar al catedrático y la gente no parece estar por la labor de asisitr con la misma devoción (y el mismo miedo, que éste pasa lista)a las clases del sustituto. Me disculpo por llegar tarde. Me siento. El nuevo profesor, ¡TREMENDO! Recién doctorado. Recién llegado al departamento: profesor contratado con sueldo miserable, sin clases fijas, está para chuparse todas las sustituciones habidas y por haber y lidiar con los becarios. Y él lo sabe. Alto, delgado, con gafas y cara de intelectual: ¡para comérselo! Se presenta: “Soy el sustituto buenorro y voy a daros la clase de griego mientras esté de baja el profesor De Paz”. -A mí puedes darme clase de lo que quieras, majo- me digo. -De griego, de francés… ¿te he comentado lo bien que se me da la lengua?-. ¡Mierda! Lleva anillo. Está casado. ¿Cómo coño puede pertenecer al ínfimo 1% de heterosexuales que se dedican a lo mío? ¿Y quién diablos se casa hoy antes de los treinta? La clase, un tostonazo: el pobre sustituto no da una, se equivoca cada dos por tres y dice más de una y de dos tonterías seguidas: es un manojo de nervios, y no me extraña, yo sé de uno que si pudiera, allí se lo comía, como para no tener miedo…
.¿A qué te muerdo?

viernes 30 de octubre de 2009

El suministro eléctrico

Una de las cosas que más odio es cruzar media ciudad cuando la noche es aún completamente cerrada, en ese sentido, desde luego que he agradecido infinitamente el cambio horario, pues para mí ha significado que sea ya de día cuando vaya a coger el autobús los jueves y viernes, en que no tengo la primera clase y, en consecuencia, me levanto más tarde. Los otros días no, que por mucho que hayamos retrasado el reloj, a las seis de la madrugada, cuando salgo de casa, sigue estando todo completamente oscuro y aún queda una hora larga hasta que amanezca, y dentro de un mes, pues más.
Por lo general no llega a treinta minutos lo que tardo desde casa a la estación. Ando deprisa, como siempre, porque lo cierto es que hasta yo mismo, acostumbrado a ir a todos lados a pie, reconozco que es un buen paseo, aunque desde que este verano han abierto una nueva calle que conecta el centro de la avenida que sube hasta mi barrio con una de las principales zonas residenciales de la ciudad, separada antes por un inmenso olivar, pues lo cierto es que en poco tiempo puedes atajar un buen trecho. En realidad esta calle nueva es parte de un proyecto de adecuación del entorno del cementerio, que está a escasos 100 m. de mi casa: En abril se terminó el nuevo tanatorio y habilitaron para el tráfico como carretera el camino que circundaba el cementerio por el lado Este, y esta calle nueva, de la que hablaba antes, lo circunda por el Oeste. Cuando es de día, yo generalmente cruzo por medio del cementerio, lo más directo para entrar o salir de mi calle, aparte de que es minúsculo y no lleva más de cinco minutos atravesarlo. Si es de día pero ya está cerrado, lo que hago es irme por el lado Este, pero no si es ya de noche, que una cosa es que hayan habilitado la zona para tráfico y peatones, y otra muy distinta que vayan a iluminarlo, por supuesto, que estanos en crisis y hay que ahorrar, ¿verdad, señor alcalde? de modo que en cuanto se pone el sol, en los escasos trescientos metros de esas nuevas acera y carretera inauguradas hace ya seis meses, pues reina la más absoluta oscuridad, y eso , la verdad, cuando a tu izquierda se extiende un mar de tumbas que sobresalen por encima de una tapia de ciento diez años que te queda a apenas tres metros y en algunos tramos a la altura de tus tobillos, y a tu derecha hay un olivar de unas diez hectáreas que acaba en la autovía de Madrid, pues como que da un poquillo de canguelo, al menos a mí, que para ese tipo de cosas soy bastante tonto.
. Huyy qué miedito!!!
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De modo que, si ya es de noche, lo que hago es ir por la calle del lado Oeste, que, pese a quedar en medio de los restos del antiguo olivar, a los pies del nuevo tanatorio y debajo del otro muro del cementerio (aunque algo más lejos que por el otro lado), pues sí que suele estar iluminada y de vez en cuando incluso te puedes cruzar con alguien que utiliza el mismo camino o hasta te adelanta un coche recordándote que, aunque no lo parezca, aún estás en medio de una ciudad.
De cualquier manera, reconozco que no me gusta nada pasar por ahí a las seis de la mañana: el ambiente es bastante tétrico, no hay ni un alma, a derecha e izquierda sólo se adivinan las siluetas recortadas cipreses y olivos centenarios retorcidos en formas imposibles, y a lo largo de la calle, iluminada sólo por la mitad de las farolas encendidas alternativamente, se ve aparcado algún que otro coche o furgoneta de aspecto bastante desastrado y que dan de todo menos confianza; pero qué se le va a hacer, es eso o tener que cruzar dos avenidas enteras entre las cuales suman más de tres kilómetros, y, sinceramente, a esas horas y recién levantado aún, como que no apetece, a mí al menos, aparte de que serían como diez minutos más andando, con lo que tendría que salir antes de casa, y en esos momentos casi que matas por un minuto más en la cama.
Hace dos semanas, sin embargo, la cosa daba bastante más respeto que de costumbre: había una niebla de ésas cerradas tan comunes en la meseta durante esta época del año, suficientemente espesa como para no ver la acera de enfrente a la tuya ni mucho menos el final de la calle, tan sólo se intuían siluetas y se oía el rechinar de los carteles de la obra de un nuevo edificio que se está construyendo a un lado. Había hecho viento y el enorme panel se había desprendido de sus soportes quedando apoyado medio en equilibrio sobre la garita del guardia. El chirrido era agudo, constante, machacón, y rompía la niebla y la noche con una monotonía desasosegante. Tan sólo dejabas de escucharlo al pasar junto al generador de luz de la obra: algo debía de haberse cascado por dentro porque del cuadro eléctrico emergía un sonido como de cortocircuito o de motor de ventilador enganchado y que roza constantemente con algo. Por lo general no me molesta que las farolas sólo estén encendidas alternativamente, la calle no deja de estar suficientemente iluminada y en el intervalo entre una y otra tengo oportunidad de echar la vista al cielo y, sin riesgo de quedarme ciego, entretenerme mirando las escasas constelaciones que se divisan en medio de la ciudad, pero ese día, sí que echaba de menos algo más luz: aparte de que ni se me pasaba por la cabeza pararme a mirar las estrellas, tenía el miedo metido en el cuerpo, me asustaba hasta de mis propios pasos, que apenas distinguía, y casi que cada tres segundos volvía la cabeza para atrás, “por si las moscas”, para mirar rápidamente de nuevo hacia adelante mientras avanzaba, corriendo más que caminando, por en medio de la calle, no por la acera, sino por la calzada, lo más lejos posible de los escasos coches aparcados. Huelga decir que aquel día llegué bastante antes que de costumbre a coger el autobús, el subidón de adrenalina, digo yo, que me hizo recorrer el camino bastante acelerado en tiempo record.
De todas formas, lo peor llegó lunes de la semana pasada: me levanté a las 5:25, como todos los lunes y los martes, desayuné como un zombi en medio del silencio de la casa y cerraba ya la puerta del jardín unos minutos antes de las seis. Hacía frío, al menos en comparación con las temperaturas casi veraniegas que seguimos teniendo a estas alturas. Me encaminé acelerado como siempre a la calle del lado Oeste del cementerio. No había tráfico, algún coche aislado sí que subía la avenida, pero ya está, los demás estaban aparcados aquí y allá, a uno y otro, pero nada más, sólo a lo lejos, en la autovía, sonaban los camiones camino de Madrid. En el cielo la Luna era minúscula, cuarto creciente, de modo que se podían distinguir bien las constelaciones más brillantes a esa hora: Orión, ¡me encanta Orión! es mi favorita, en cuanto la distingo no puedo dejar de mirarla, pero también buscaba Andrómeda, octubre es un mes excepcional para observarla. Salí de mis cavilaciones astronómicas justo al llegar a la bocacalle de mi atajo habitual, pero me detuve en seco al percatarme de que algo era completamente diferente a las semanas anteriores: no había luz: al igual que siempre en la calle del otro lado, ni una sola de las farolas estaba encendida. -¡Me cago en la junta municipal, en el ayuntamiento y en el puto ahorro energético!- pensé, al tiempo que intentaba razonar si me compensaba el hacer casi corriendo el camino largo para no perder el bus o atravesar a los trescientos metros no completos que se extendían ante mí intentando no mirar los cipreses, panteones y enormes cruces que me saludaban desde las sombras del otro lado de la ruinosa tapia del cementerio.
.Huis, qué vista tan bonita...
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Venga, que no es nada- empecé a decirme para animarme al tiempo que avanzaba-. Esto lo haces tú corriendo en tres minutos-. No había dado tres pasos cuando ya se oía el desvencijado panel anunciador de la construcción golpeando contra la garita del vigilante, que proporcionaba la única luz de ese lado de la calle. El otro, casi al final, se veía iluminado un poco por el nuevo tanatorio, encaramado en lo alto de una especie de loma, blanco, casi como un hotel de esos modernos, con unas cristaleras que dejan ver las siluetas fantasmales de quienes fumando en la madrugada se pasean por los desangelados pasillos del edificio. No era una imagen muy alentadora, pero la idea de perder el autobús se me hacía todavía menos gracia, así es que yo seguía andando. Enseguida empecé a oír también de nuevo aquel desconcertante chirriar eléctrico, exactamente igual que la otra vez, sólo que en esta ocasión no había niebla, pero tampoco luz, y la calle estaba negra, negra, eso sí, en el cielo podías identificar perfectamente a Casiopea, aunque, a decir verdad, en ese momento no habría sido capaz ni de encontrar "El Carro" dejando de mirar nervioso detrás de mí y al frente para llevar la vista al cielo, vamos, que estaba, para decirlo claro, cagao’ de miedo.
.Bueno Paris, hija, que tampoco era para tanto
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Las seis. La campana de la iglesia de San Julián rompió la noche, llenó la oscuridad y a mí me dio el susto de mi vida: supongo que serían el ambiente, el sitio y el momento, pero los tañidos de las horas lo que a mí me parecieron es que doblaban a muerto. Evidentemente, me faltó tiempo para darme la vuelta sin apenas pensar, desandar corriendo la mitad de lo andado desde casa y cruzar sin aire tres avenidas y dos calles. No perdí el autobús, llegué cuando se iba, completamente sofocado, sudando como un cerdo y sin rastro de aire en los pulmones, pero llegué. -¡Venga, qué se te han pegao' las sábanas!- me espetó el conductor. -No- respondí yo asfixiado y aún sin apenas voz. -Es que ha habido problemas con el suministro eléctrico del barrio-.
.A ti sí que te dejo meterme miedo, y lo que quieras, jajaja

jueves 29 de octubre de 2009

"El Botellón"

Pues eso, que aunque no lo parezca, sigo vivo, eso sí, vida, lo que se dice, vida, no tengo, pero, vamos, a las pruebas me remito, que si no me he dejado caer por aquí en más de una semana no ha sido precisamente por gusto, sino por falta de tiempo material, fuerzas, ánimos y ganas, pero no por gusto, con el cariño que le tengo yo a mi blog…
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Eso es cariño, Rafa, y no lo de la novia ésa tuya Xisca
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Bueno, básicamente lo que me ha pasado es algo que ya apunté a principio de curso: que el ritmo diario de levantarme de madrugada e ir a Madrid a clase y luego volver a casa me deja tan absolutamente destrozado, que cuando llego lo último de lo que tengo ganas es de sentarme a escribir delante del ordenador mis mamarrachadas y penas habituales, y cuando sí tengo ganas, lo que no tengo son fuerzas, y cuando sí tengo fuerzas, lo que no tengo es tiempo… Y así podría seguir hasta…
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el infinito y más allá
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Es que la última semana ha sido algo así como una apisonadora que me ha pasado por encima y me ha dejado medio gilipollas y medio subnormal, y eso que no tengo muchas asignaturas, que este año se supone que ya sólo tengo los restos y debería estar medianamente relajado, pero el caso es que yo no sé cómo coño me lo monto, que de repente, sin comerlo ni beberlo, me he encontrado con que no doy abasto con el volumen de trabajo que tengo que hacer cada tarde cuando llego casa, es que no es ni medio normal: la semana pasada tuve que traducir, atención: un capítulo de “Los catracteres” de Teofrastro (el alumno listillo del la escuela que se montón Aristóteles, a ver si un día hablo de él y pongo aquí algo suyo, que tiene cosas divertidísimas e interesantes); cinco cartas de reyes helenísticos: una de Eumenes de Pérgamo, otra de Lisímaco de Samos (éste fue uno de los generales de Alejandro que tras su muerte se repartieron el imperio), tres de Antíoco Comagene y una de Ptolomeo II filopátor (¡¡¡vaya mote!!! jajaja), y de éste último también he tenido que traducir un decreto real, que es como una carta, pero más solemne, retórico y enrevesada (a ver si encuentro tiempo y tengo ganas y pongo también alguna de estas cosas por aquí, que son fasciantes para conocer todo lo que es ese período); y después hemos empezado con el prólogo de la “Historia” de Polibio, y mira que a mí me gusta, pero es que Polibio es jodidamente difícil por lo recargado y lo mucho que se complica la vida el pobre. Lo cosa es que a mí me parece que todo esto en una semana es mucho tute pa’l cuerpo, menos mal que me encanta mi carrera y la asignatura en la que traducimos todas estas cosas (“Griego Helenístico”) la estoy disfrutando como un enano, porque si no, no sé yo que iba a ser de mí...

Dentro de poco empiezo a parecerme a éste, seguro

Pero vamos, algo de masoca si que debo de tener, porque quedarse hasta las 01.30 h. de la noche traduciendo Polibio cuando te has levantado a las cinco y media de la madrugada y al día siguiente tienes que hacerlo a las seis, pues o te gusta mucho lo que haces (demasiado, diría yo) o es para mirárselo en el médico. Y eso que esto del griego helenístico es una optativa, que para los textos griegos obligatorios tenemos este año Platón, y bueno, si he de ser sincero, no es que sea mi autor favorito, pero claro, es Platón, y eso, filología clásica es como decir Dios, así es que cuidadito con quien diga que no le gusta, o que le aburre.
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¿Verdad que a todos nos gusta mucho Platón?

El gran problema que tengo con Platón es que el volumen de traducción es como demasiado y más: dos diálogos, enteros, “El Banquete” para trabajarlo en clase, lo que significa que traduces en tu casa y en clase se corrige y se comenta y todo ello entra a examen sin diccionario; y para casa el “Fedro”, ¡¡que es lo puto peor!! (como lea esto alguien de mi facultad, mañana me echan por hereje, juas,juas,juas). Es que el “Fedro” es muy jodidamente complicado, y eso que dicen que no es de los diálogos más difíciles (nota para vanegantes: llamamos "diálogos" a las obras de Platón porque son eso, diálogos, pues los personajes aparecen hablando entre ellos. Más o menos el esquema es siempre el mismo: Sócrates dando por culo al personal haciendo de las suyas, se hace pasar por tonto y va preguntando por ahí a los demás como si no supiera nada de nada, hasta que se topa con el imbécil de turno, que se las da de listo, y empieza a enredarlo con preguntas para ir dejando claro que ahí el puto amo es Sócrates y el otro no sabe una mierda).

"Sólo sé que no sé nada". Sí, seguro, Sócrates, y mi abuela fuma

Por lo general siempre nos dicen lo mismo: que tradicionalmente se considera al “Fedro” como uno de los diálogos de dificultad media, de la segunda época de las tres en que se divide la obra de Platón, igual que “El Banquete” o “La República”, pero que no me jodan, que la traducción del “El Banquete” sale con los ojos cerrados (al menos a mí me sale solo, me parece de lo más sencillo para un nivel de 5º de carrera, aunque supongo que cuenta que ya traduje como la mitad en 2º), pero con el “Fedro” estoy sudando tinta china: es pasarte horas y horas machacándote con el texto y no ser capaz de traducir apenas más de una página, y lo peor de todo, que pese a haberlo traducido (de aquella manera) sigues sin entenderla estractura, la sintaxis ni na' de na', al menos es lo que me está pasando a mí, y no puede ser, sobre todo porque esto también va para examen sin diccionario.

Sí hijo, sí, el "Fedro" también

Y hablando de tanto banquete, el otro día en clase, el profesor, comentando el principio del diálogo, explicaba que la palabra “sympósion”, que es el título original de la obra en griego y que tradicionalmente traducimos como “baquete”, pues nos decía que no aparece una sola vez en todo el texto, sino que Platón utiliza un montón de términos distintos en lugar de “sympósion” como “synousía” (encuentro), “syndeipnon” (comida en común) pero nunca “sympósion”, y añadía que la traducción que generalmente hacemos de este título de como “El Banquete”, es, probablemente, la menos correcta, pues lo que realmente significa “sympósion” es algo así como “bebida en común”, “encuentro en que se bebe” pero la palabra no implica en absoluto comer, que es lo que se hace en un banquete. Esto es así porque en realidad el diálogo platónico se basa en el momento posterior al banquete propiamente dicho, es decir, algo así como la sobremesa, que es cuando los griegos se dedicaban a beber, y luego, claro, pasaba lo que pasaba...

Éstos sí que han tenido una "bebida en común"

-Después de la cena- explicaba el catedrático, -es cuando comenzaban a beber vino, que tomaban mezclado con agua, con mayor proporción de la una o del otro en función de por qué derroteros querían que discurriera la velada: si preferían dialogar más y admirar la música y el baile de las flautistas, o si lo que querían era emborracharse rápido y que las flautistas pasaran pronto a sus otras funciones- (la verdad es que no creo que haya mucha diferencia entre soplar la flauta y soplar… pero bueno, esto son cosas mías, que está visto que el guarro de mi clase soy yo, jajaja).
.Una imagen vale más que mil palabras, ¿o no?
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-O sea- interrumpió una compañera- que lo que en realidad era un “symposion” de aquéllos es una orgía, ¿no?- El profesor puso la cara de circunstancias esa que pone siempre cuando no quiere darnos la razón a uno de los alumnos pero sabe que tampoco puede contradecirnos del todo -Bueno- comenzó, -no exactamente, aunque en muchas ocasiones es evidente que estos encuentros sí que debían de degenerar en verdaderas orgías, y como prueba de ello tenemos las representaciones de las cerámicas. Pero bueno- añadió para intentar zanjar la cuestión-, lo que a ustedes les tiene que quedar claro básicamente es que “symposion”, a lo que alude es al acto de la bebida del vino en común y no al banquete propiamente dicho-. -Vamos- saltó otro compañero -que podríamos traducir el título, en lugar de “El banquete” como “El botellón”-. Ni el pobre catedrático fue capaz de contener la risa con esta ocurrencia, y la verdad es que, bien mirado, no es una mala traducción, pero el profesor dijo que a estas alturas no vamos a llevarle la contraria a unos cuanto siglos de tradición filológica. ¡Lástima! Empezaba a gustarme eso de “El Botellón” de Platón.
.Éste sí que tiene un botellón

miércoles 14 de octubre de 2009

Un bolso de Tous

Quería haber publicado anoche la posta, pero entre que llegué de Madrid sobre las ocho de la tarde, que estaba medio muerto porque, por supuesto, me había levantado a las cinco de la mañana, y que me puse a contestar los comentarios al post anterior (¡Ay qué ver! dejo de mirar esto dos días y me comenta más gente que en dos meses), pues como que al final no era capaz de escribir una frase medianamente coherente del cansancio que llevaba encima. Menos mal que hoy no tenía clase, porque si me hubiera tocado madrugar, me parece que se habría levantado hoy temprano la madre que parió al decano de la facultad, porque lo que es a mí, ni con grúa me sacan de la cama.
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Bueno, esto es un poco exagerao', que sólo me levanto tarde un día a la semana

¿Qué hice ayer, entonces? Uff, como lo cuente, alguno me mata, porque fue bastante parecido a lo del martes pasado, visita a museo incluida, por supuesto, que si no, no sería yo, jajaja. Pero no soy tan cruel como para meter hoy también un post kilométrico contando casi lo mismo que hago al menos un día a la semana y explayándome con mis visitas culturales, que estoy mal, pero no tanto.
Por la mañana, clase, por supuesto. Me costó la de Dios levantarme de madrugada después de los tres días de finde, y para colmo el profesor de la primera hora está de baja porque acaba de ser padre, y vino a sustituirlo una profesora a la que odio con todas mis fuerzas, ¡¡¡la odio, es que la ODIO de verdad!!! Me dio clase de textos latinos en 3º de carrera y es una impresentable: mala profesional, mala persona y mala docente. Cuando la vi aparecer por la puerta me entraron los siete males y me arrepentí de haberme levantado en lugar de quedarme durmiendo un par de horas más y saltarme la primera clase, total, con esa mujer es una completa pérdida de tiempo. Y luego, para colmo, en la tercera hora me di cuenta de que casi todos mis compañeros de este año son un poco-muy retardados; son muy simpáticos, me caen muy bien y todo eso, pero ¡por favor! no se puede llegar a 5º de carrera sin saber leer griego, ¡y tardan un mes en traducir lo que yo, que soy lento, hago en una hora! Como esto siga así todo el cuatrimestre y no sea sólo que estamos a principio de curso, me voy a aburrir la vida, y otra cosa no, pero de lo peor que me puede pasar a mí es que me aburra con algo, no puedo con ello, ¡¡¡EL ABURRIEMIENTO ME DA ALERGIA!!! y ayer en la clase de textos me aburrí pero que mucho, mucho, como una ostra.
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Después de clase me fui pitando, antes de que me cerraran las tiendas, a comprar el regalo de mi amiga Vicky, cuyo cumpleaños es mañana. Generalmente no lo dejo nunca para tan tarde, que yo estas cosas las planifico con mucha antelación para que no me pille el toro, pero es que me ha costado Dios y ayuda reunir el dinero y hasta esta semana no había conseguido ahorrar lo suficiente. También es que hacerle un regalo a Vicky es jodidamente complicado: sólo le gustan las cosas ésas del osito Tous, y mira que a mí me parece cutre y simplón, pero a ella es que la vuelve loca perdida de contenta. Por un lado está bien, porque así más o menos sabes siempre cómo acertar y con lo que seguro no te vas a equivocar; pero por otro lado no está tan bien porque es que ya lo tiene todo de la marca!!! al menos todo lo que mi mermada economía puede permitirse, que en los últimos años, entre sus padres, sus otros amigos y yo mismo, pues creo que ya le hemos regalado to’l puto escaparate del osito, con las pulseras del osito, las cadenas del osito, los monederos, los billeteros del osito, ¡¡¡los portafotos del osito!!! Todo, es que lo tiene todo. El año pasado ya me tocó cambiarle el regalo porque la pulsera de los mil eslabones con forma de osito ya la tenía, ¡y la leche lo que me costó encontrar otra cosa del osito que aún no tuviera y no costara un riñón, pero al final, ¡milagro! lo conseguí.

Bieeeeeeen! Y que bueno que está Figo ¿Que no?
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Pero hombre, sigue subiendo!!! como si hubieras marcado un gol
.Uffffff, ufff, uf
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¿De qué estaba hablando yo? Ah, sí, del regalo de Vicky y todo eso. El caso es que en esta ocasión tenía bastante claro que nada del puto oso de Tous, que ya estoy cansao’, y el otro día, que quedamos a tomar algo, le pregunté qué quería para su cumpleaños, porque este año mi economía no está como para más ositos -Cualquier cosa que tú me regales me gusta- me respondió Vicky, muy diplomática ella. -Nunca me has reglado nada que no me guste y lo sabes- añadió, y la verdad es que es cierto, que para algo me devano los sesos con los regalos y me tomo mi tiempo pensámdolos y planeándolos. -¿Y qué te va a regalar Dani (su novio)?- le pregunté yo. -¡Ay, ya me lo ha reglado!- me respondió toda emocionada. -¡Sí! ¿qué es?- pregunté de nuevo, ansioso al ver lo contenta que estaba ella con el regalo. -Pues un bolso de Tous- ¡INCREIBLE!, jajaja -Fui yo con él- siguió diciendo ella, -a buscarlo al Corte Inglés, porque si lo dejo solo, ¡a saber qué me trae, que tiene el gusto en el culo y no sabe hacer regalos, ¡a ver si me lo enseñas, que tú sí que sabes- apostilló y a mí me dio la risa. -Pero este bolso es precioso- sigió Vicky casi en éxtasis, -así, todo de piel y con el osito tan bonito estampado-. Sin comentarios -Además- continuó ella con vehemencia, -no es como los que se ven de imitación y venden en cualquier mercadillo y por el metro y ahora lleva todo el mundo, ¡que el mío no lo han imitado¡- Terminó casi a gritos y yo me acojoné y confieso que reconsideré la decisión sobre el regalo, pero no, al final no he caído: ¡Muerte al osito Tous!
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A éste oso no, ¡POR DIOS!
.Y a éste tampoco!!! sólo al de Tous
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¿Y qué le he comprado? Pues un collar de madreperla y ónix en la tienda ésa de ciencias naturales que tanto me gusta y de la que ya he hablado donde suelo comprarle a mi madre cosas de este tipo. 40 leuris, pero desde luego que para lo bonito que es no ha sido tan caro como las cosas del Tous de los cojones, y total, para prácticamente una sola amiga de verdad que tengo y que cumple años una vez cada doce meses, pues el gasto y el esfuerzo como que está bastante más que justificado, ahora a ver si le gusta, a mí me parece muy bonito, pero la verdad es que yo con las mujeres hay veces que nunca sé… La idea es que lo pueda usar para sus conciertos y recitales (Vicky es soprano), cuando se viste de gala, pero vamos, si al final, por lo que sea, no le va, pues me han asegurado que no hay problema y puedo cambiarlo, que para eso soy cliente preferente y casi que no pasan dos meses sin que compre algo en esta tienda.
Y nada, después me fui a comer por el centro y luego enfilé pa’l Prado, que quería ver las salas que han habilitado hace nada con parte de la colección del siglo XIX, pero tranquilos, mis queridos y pobres lectores, que os quiero mucho y ya he dicho que no voy a maltrataros con mi visita de tres horas.
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Eso sí, las obras que exponen son GE-NIA-LES, G-E-N-I-A-L-E-S, tanto las de pintura como las de escultura. Lo mejor, ufff, ¿todo? No sé, si tengo que quedarme con algo, alguno de los cuadros de corte histórico que tan de moda se pusieron en el XIX, y bueno, todo lo de los Madrazo, es que son impresionantes, los dos, padre e hijo, Raimundo y Federico, ¡Dios, cómo pintaban estos dos genios! Para que luego digan que hay cosas que no se llevan en los genes... Pero bueno, que no quiero liarme con esto, que en una semana o así ya haré otra posta museística cuando vea la exposición de Maíno, que va a ser de mear y no echar gota, y si no, al tiempo.
Aunque, bueno, no puedo resistirme a daros...

Un Briconsejo!!!
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Si alguien se acerca al Prado a ver estas nuevas salas del siglo XIX, ¡POR FAVOR! que no pase por alto las esculturas...

Mercurio”, de Antonio Barba

Y
Marte en el grupo “Venus y Marte” de la escuela de Canova
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¡tienen dos culos...
.¿Cómo era Jesulín?
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IM
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PRESIONANTES!
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Me puedo imaginar lo que se pensaron los del museo cuando me vieron embobao’ mirándolos durante muuuuuuucho tiempo, pero es que uno es muy amante del arte, jajaja.
Y ya, pero ahora, el último, que se dé la vuelta, por favor:
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Gracias!! Eso está mejor